La Revolución rusa constituye probablemente la prueba histórica más importante a la que llegó a enfrentarse el anarquismo.
Hasta entonces los anarquistas habían discutido abundantemente acerca de la revolución, del Estado, de la propiedad, de la autoridad y de las formas que podría adoptar una sociedad organizada desde abajo. Habían participado en insurrecciones, movimientos obreros, huelgas y experiencias revolucionarias. Pero en Rusia se encontraron ante algo excepcional: el derrumbamiento efectivo de un Estado, la desorganización de sus mecanismos de autoridad, la aparición de organismos autónomos de trabajadores y soldados y la posibilidad, al menos durante algunos meses, de que ninguna fuerza política fuese capaz de determinar por completo cuál sería el resultado.
No se trataba ya de imaginar qué ocurriría si desaparecía el Estado. El Estado estaba desapareciendo ante sus ojos. Y por primera vez aparecía en toda su crudeza la pregunta que la teoría podía dejar parcialmente en suspenso:
¿qué se hace al día siguiente?
La Revolución de Febrero había derribado al zarismo, pero no había resuelto el problema del poder. El Gobierno Provisional intentaba gobernar un país que seguía en guerra, mientras soviets de obreros y soldados, comités de fábrica, organizaciones campesinas, sindicatos, partidos y unidades militares producían una dispersión extraordinaria de la capacidad de actuar.
Durante meses coexistieron poderes que no podían ser reducidos fácilmente a una estructura única. Para los bolcheviques aquello era una situación transitoria. Para muchos anarquistas podía parecer, en cambio, el comienzo mismo de la revolución social.
Esta diferencia resulta fundamental para comprender Octubre.
¿Revolución o golpe de Estado?
La historiografía ha discutido interminablemente cómo denominar los acontecimientos del 25 de octubre de 1917.
La tradición soviética construyó la imagen de la Gran Revolución Socialista de Octubre: las masas obreras, los soldados y los marineros derriban al Gobierno Provisional y transfieren el poder a los soviets.
En el extremo contrario, autores profundamente críticos con el bolchevismo, como Richard Pipes, han insistido en el carácter organizado, minoritario y conspirativo de la operación y prefieren hablar de un golpe de Estado.
Para nuestra investigación no necesitamos resolver esta disputa antes de comenzar el análisis. Octubre puede contener simultáneamente elementos de revolución y de golpe.
Existía una movilización social real. Existía una profunda crisis de autoridad. Existían soviets, comités de fábrica, soldados insubordinados, campesinos ocupando tierras y trabajadores dispuestos a transformar el orden social.
Pero también existía una organización política —el Partido Bolchevique— que había decidido conquistar el poder y que desarrolló una estrategia concreta para hacerlo.
La pregunta que nos interesa es distinta: ¿qué creían los anarquistas que estaba ocurriendo mientras todo esto sucedía?
No podemos averiguarlo preguntando únicamente qué terminó ocurriendo. Debemos intentar situarnos, hasta donde permiten los documentos, dentro de la incertidumbre de octubre de 1917.
Y entonces aparece una sorpresa. Los anarquistas no fueron simplemente engañados por Lenin. Algunos comprendieron extraordinariamente bien el peligro que tenían delante.
«¡Todo el poder a los soviets!»: una consigna, dos interpretaciones
Una de las grandes y más famosas consignas de 1917 fue: «¡Todo el poder a los soviets!». Pero las palabras pueden ocultar proyectos diferentes.
Para los bolcheviques la transferencia del poder a los soviets podía convertirse en el procedimiento mediante el cual el Gobierno Provisional fuese eliminado y una nueva autoridad revolucionaria pudiera constituirse.
Para los anarquistas, en cambio, los soviets podían significar exactamente lo contrario: la dispersión del poder político entre organismos autónomos de trabajadores, soldados y campesinos hasta hacer innecesario el Estado.
Las mismas palabras podían expresar así dos proyectos institucionales incompatibles. La prensa anarcosindicalista de Petrogrado lo comprendió antes de la insurrección.
Golos Truda, (La Voz del Trabajo) órgano de la Unión de Propaganda Anarcosindicalista, se preguntó qué significaba realmente entregar «todo el poder» a los soviets. Si quería decir que trabajadores y campesinos asumirían directamente la organización económica y social mediante sus propios organismos federados, podía abrirse el camino hacia una auténtica revolución social. Pero si significaba simplemente sustituir el antiguo poder por un nuevo poder político dirigido desde arriba por un partido, los soviets podrían convertirse en la envoltura de otra autoridad estatal.
La advertencia era extraordinariamente lúcida.
Los anarcosindicalistas estaban contemplando antes de Octubre exactamente el peligro que después denunciarían: que el «poder de los soviets» terminase convertido en el poder de un partido sobre los soviets. Y, sin embargo, inmediatamente apareció la contradicción.
La misma organización declaró que no compartía el significado bolchevique de la consigna, que no creía que una revolución social pudiera producirse mediante la conquista política del poder y que rechazaba un movimiento de masas dirigido políticamente por un partido.
Pero añadía algo decisivo: si la acción revolucionaria comenzaba, los anarquistas participarían en ella con toda su energía. ¿Por qué? Porque no podían abandonar a las masas revolucionarias.
Ahí aparece uno de los dilemas esenciales de Octubre.
Tres principios que ordenar
Podemos reconstruir el problema mediante tres principios perfectamente coherentes por separado:
1. El Estado burgués debía ser destruido.
2. Los anarquistas no debían colaborar en la creación de un nuevo poder estatal.
3. Un revolucionario no podía permanecer al margen cuando obreros, soldados y marineros se levantaban contra el viejo orden.
El problema comenzaba cuando los tres principios dejaban de ser compatibles.
Si los anarquistas participaban en la insurrección podían contribuir al éxito de una operación … cuya dirección política estaba progresivamente en manos bolcheviques.
Si se abstenían, abandonaban una movilización de obreros, soldados y marineros contra un gobierno que ellos mismos consideraban burgués.
Y para desarrollar una tercera estrategia necesitaban una capacidad común de decisión, coordinación y rapidez que el movimiento anarquista ruso no poseía.
Golos Truda detectó el problema.
Pero su solución fue aproximadamente ésta: no compartimos la estrategia política bolchevique; sin embargo, si las masas se levantan, estaremos con ellas. Eso no resolvía la contradicción. La aplazaba.
Los anarquistas confiaban en participar en la revolución y disputar después su significado. El problema era que los bolcheviques estaban mucho mejor preparados para disputar el día siguiente.
El Comité Militar Revolucionario
La insurrección no fue ejecutada formalmente por el Comité Central bolchevique. El instrumento decisivo fue el Comité Militar Revolucionario del Soviet de Petrogrado.
Esto proporcionaba a la operación una cobertura extraordinariamente eficaz. La insurrección podía presentarse no como la toma del poder por un partido, sino como la defensa de la revolución frente al peligro contrarrevolucionario. Además había otro argumento, particularmente convincente para la guarnición de Petrogrado: el Comité Militar quería evitar que se enviaran tropas de la ciudad al frente de guerra.
Y ese peligro no era enteramente inventado. La memoria de Kornílov permanecía muy próxima. Existía un miedo real a la contrarrevolución y determinadas medidas del Gobierno Provisional podían interpretarse como preparativos contra las fuerzas revolucionarias. Y sobre el segundo punto recuérdese que ya en julio el Gobierno Provisional había querido desplazar tropas al frente.
Precisamente por ello los argumentos defensivos funcionaron tan bien.
Pero tampoco debemos cometer el error contrario y considerar al Comité Militar Revolucionario una mera ficción bolchevique. Participaban en él otras fuerzas revolucionarias, incluidos socialistas revolucionarios de izquierda y anarquistas.
Paul Avrich contabiliza, en la composición estudiada, 48 bolcheviques, 14 socialistas revolucionarios de izquierda y cuatro anarquistas. Entre estos últimos se encontraba Vladimir Shatov.
Esto cambia radicalmente nuestra interpretación. Los anarquistas no estaban simplemente fuera de la operación intentando comprender qué tramaban los bolcheviques. Algunos estaban dentro.
Y Shatov concentra casi perfectamente la contradicción. Procedía del anarcosindicalismo y estaba relacionado con Golos Truda, precisamente la corriente que había advertido que una revolución dirigida hacia la conquista política del poder podía terminar sustituyendo un Estado por otro.
Mientras su corriente advertía del peligro, Shatov participaba en el organismo que estaba haciendo posible la insurrección. No necesitamos interpretarlo como una incoherencia personal. Puede ser algo mucho más importante: una contradicción estructural del anarquismo revolucionario concentrada en una persona.
El 25 de octubre
La iconografía revolucionaria posterior convirtió el asalto al Palacio de Invierno en la imagen esencial de Octubre. Sin embargo, la secuencia real fue bastante menos teatral.
Durante la noche y la madrugada las fuerzas subordinadas al Comité Militar Revolucionario fueron ocupando puentes, estaciones, centros de comunicación, edificios públicos y lugares estratégicos de Petrogrado. La mayor parte de la capital cambió de manos sin combates comparables a los que posteriormente sugeriría la representación épica del acontecimiento.
Cuando finalmente cayó el Palacio de Invierno, , el Gobierno Provisional había perdido ya buena parte de su capacidad efectiva de controlar la ciudad. No fue tanto la conquista del Palacio lo que permitió conquistar Petrogrado como la previa ocupación de Petrogrado la que dejó aislado al Palacio.
Entre quienes participaron en aquella operación había bolcheviques, naturalmente, pero también soldados y marineros con filiaciones políticas muy diversas, socialistas revolucionarios de izquierda y anarquistas.
Y ahí debemos preguntarnos nuevamente: ¿qué revolución pensaban estar haciendo?
Dos revoluciones simultáneas
La respuesta empieza a aparecer inmediatamente después de la caída del Gobierno Provisional. El 26 de octubre, Anarkhiia, periódico de la Federación de Grupos Anarquistas de Moscú, publicó una edición extraordinaria. El lenguaje empleado resulta enormemente significativo.
La revolución no se presenta fundamentalmente como la llegada de un nuevo gobierno. Se habla de revolución social y se dirige el llamamiento a trabajadores, soldados y campesinos. Los comités de fábrica debían federarse, asumir el poder económico, organizar la producción y hacerse cargo de fábricas y talleres.
Mientras Lenin podía considerar que la revolución había triunfado porque el Gobierno Provisional había sido derribado y podía constituirse un gobierno soviético, los anarquistas podían pensar que la verdadera revolución apenas comenzaba.
Ahora vendría lo importante: las fábricas pasarían a quienes trabajaban en ellas; las tierras a los campesinos; los organismos populares comenzarían a federarse; la economía sería reorganizada desde abajo; y la política estatal iría perdiendo progresivamente su función.
Podemos decir que el 25 de octubre estaban ocurriendo dos revoluciones simultáneamente en la imaginación de sus protagonistas. Para Lenin, conquistar el poder estatal era una condición para transformar la sociedad. Para los anarquistas, destruir el antiguo poder debía permitir que la sociedad comenzase a organizarse sin Estado.
Durante unas horas ambas revoluciones podían parecer la misma.
No lo eran.
Los anarquistas: gobierno destruido. Los bolcheviques: gobierno en construcción
Volin conservaría posteriormente una anécdota particularmente expresiva.
Según su recuerdo, la misma noche de la insurrección caminaba por un Petrogrado sorprendentemente tranquilo cuando comenzaron a distribuirse octavillas anunciando la caída del Gobierno Provisional y la composición del nuevo Consejo de Comisarios del Pueblo, presidido por Lenin.
Su reacción habría sido de irritación ¡Apenas se había derribado un gobierno y ya se estaba proclamando otro!
Debemos utilizar los recuerdos retrospectivos con cautela. Pero la escena expresa extraordinariamente bien la diferencia conceptual.
Los anarquistas habían contribuido a destruir un gobierno. Los bolcheviques ya estaban construyendo el siguiente. Quizá ahí radique una parte de la aparente ingenuidad anarquista.
Muchos libertarios no concebían que la cuestión esencial de la mañana siguiente fuese quién ocuparía los ministerios porque imaginaban que la revolución debía hacer progresivamente innecesarios los ministerios.
Los bolcheviques llevaban meses pensando quién controlaría el poder. Era una diferencia gigantesca.
Los anarquistas estaban pensando fundamentalmente en la transformación de la sociedad. Los bolcheviques también pensaban en ella, pero añadían una cuestión intermedia que consideraban indispensable: ¿quién tendrá capacidad para tomar decisiones mientras esa transformación ocurre?
La ilusión de la provisionalidad
Otra anécdota transmitida por Volin resulta igualmente significativa.
Después de regresar a Kronstadt, algunos marineros habrían manifestado preocupación por la aparición del nuevo Consejo de Comisarios del Pueblo.
La respuesta habría sido aproximadamente ésta: ¡si el nuevo gobierno traicionaba algún día la revolución! los mismos cañones que habían tomado el Palacio de Invierno podrían utilizarse contra Smolny, el nuevo centro visible del poder. .
Era una confianza comprensible. En pocos meses las masas revolucionarias habían visto caer al zar y después al Gobierno Provisional. Podían imaginar que cualquier nuevo poder seguiría siendo igualmente precario.
Todavía no habían experimentado un Estado revolucionario capaz de concentrar simultáneamente partido, administración, propaganda, fuerzas armadas y, posteriormente, policía política.
El error no fue exclusivamente anarquista. Pero para el anarquismo resultaba particularmente peligroso porque afectaba al núcleo mismo de su doctrina.
Podía suponerse que primero desaparecería el viejo Estado y después comenzaría la construcción libre de una nueva sociedad. Octubre mostró algo diferente: la destrucción de un poder y la reconstrucción de otro podían producirse prácticamente al mismo tiempo.
No había necesariamente un intervalo vacío entre ambos procesos. Y quien comprendiese eso antes tendría una ventaja extraordinaria.
Octubre ¿fue una trampa?
Debemos utilizar cuidadosamente la palabra «trampa».
Sería demasiado sencillo decir que Lenin ocultó sus intenciones y unos anarquistas ingenuos cayeron en el engaño. Algunos anarquistas habían diagnosticado de antemano una parte esencial del peligro.
Sabían que «Todo el poder a los soviets» podía convertirse en el poder de un partido. Sabían que una revolución política podía reconstruir un Estado. Sabían que los objetivos bolcheviques y los anarquistas no eran idénticos. Y participaron. La trampa era también histórica.
Para impedir que los bolcheviques monopolizasen una insurrección popular, los anarquistas tenían poderosos motivos para intervenir en ella.
Pero al intervenir en una insurrección cuya infraestructura política y organizativa estaba dominada crecientemente por los bolcheviques, contribuían materialmente al éxito del mecanismo que temían.
Una vez derribado el Gobierno Provisional ya no existía un terreno neutral desde el cual volver atrás y reorganizar la revolución. El poder que los anarquistas esperaban ver disolverse había encontrado nuevos ocupantes.
Esto nos permite formular una primera hipótesis general:
los anarquistas no fueron simplemente engañados en Octubre; quedaron atrapados entre su antiestatismo y su fidelidad a la acción revolucionaria de las masas.
¿Qué principio debe prevalecer?
Aquí la experiencia rusa empieza a revelar una dificultad más profunda.
El anarquismo había desarrollado una crítica extraordinariamente sofisticada de la concentración del poder. Había pensado extensamente qué ocurre cuando unos hombres adquieren autoridad permanente sobre otros. Había desconfiado del Estado, de la representación, de la burocracia, del liderazgo cristalizado y de la disciplina impuesta.
Pero Octubre planteaba otro problema: ¿qué principio debe prevalecer cuando varios principios anarquistas entran en conflicto y la decisión debe tomarse inmediatamente?
Destruir el Estado burgués. No crear otro Estado. No abandonar a las masas revolucionarias. Las tres afirmaciones podían defenderse doctrinalmente. La realidad obligaba a escoger.
No parece que existiese un procedimiento común capaz de determinar esa prioridad.
Lenin actuaba de manera muy diferente.
Su doctrina podía ser rígida, pero su comportamiento político estaba organizado jerárquicamente alrededor de objetivos estratégicos. Desde las Tesis de Abril había definido una orientación general. Las tácticas podían variar porque existía un criterio para evaluarlas.
Por eso pudo frenar cuando consideró desfavorables determinadas circunstancias y acelerar cuando creyó posible conquistar el poder. La táctica estaba subordinada a la estrategia.
En el movimiento anarquista encontramos en cambio una pluralidad de estrategias compatibles con diferentes aspectos de la doctrina. Esto no significa que los anarquistas fueran menos inteligentes. Significa que poseían otro sistema de producción de decisiones… que apuntaban a objetivos opuestos.
Y en una revolución esa diferencia podía convertirse en una relación de fuerzas.
¿Qué habría hecho un Lenin anarquista?
Podemos plantear un experimento imaginario.
Supongamos que el movimiento anarquista ruso hubiese contado con un dirigente de la capacidad política, inteligencia estratégica, energía y audacia de Lenin.
Imaginemos incluso que ese dirigente hubiese redactado unas extraordinarias «Tesis de Abril anarquistas».
Aparecería inmediatamente un problema: ¿con qué autoridad habría podido obligar al conjunto del movimiento a cumplirlas? Probablemente con ninguna.
Una federación podía aceptarlas. Otra podía modificarlas. Un grupo podía participar en el Comité Militar Revolucionario. Otro podía considerar que esa participación equivalía a colaborar con una nueva autoridad.
Los anarcosindicalistas podían colocar en primer plano los comités de fábrica. Otros podían privilegiar las comunas. Otros podían defender formas diferentes de insurrección. Y todos podían encontrar argumentos dentro de alguna tradición anarquista. La caricatura del anarquismo productor de caos es, por supuesto falsa ; pero en determinadas situaciones críticas, la coexistencia legítima de decisiones incompatibles podía producir resultados que exteriormente se le parecían.
Por eso el problema no puede formularse simplemente diciendo: «Los anarquistas no tuvieron un Lenin». Puede haber sido más profundo: la estructura política anarquista hacía extraordinariamente difícil que un Lenin pudiera ejercer como Lenin.
El anarquismo desconfiaba del liderazgo fuerte porque podía convertirse en autoridad. Desconfiaba de la disciplina porque podía convertirse en obediencia. Desconfiaba de la centralización porque podía convertirse en Estado. Desconfiaba de la representación porque podía crear una nueva clase dirigente.
La historia posterior demostraría que esas desconfianzas estaban lejos de ser imaginarias. Pero impedir determinadas formas de dominación podía disminuir también determinadas capacidades políticas.
Ahí aparece una de las grandes asimetrías que recorrerán nuestra investigación.
Los peligros del poder y los peligros de la impotencia
Podemos expresarlo mediante una fórmula necesariamente simplificada pero útil:
los bolcheviques comprendieron extraordinariamente bien los peligros de la impotencia política y muy mal los peligros del poder; los anarquistas comprendieron extraordinariamente bien los peligros del poder y mucho peor los de la impotencia.
Lenin resolvió de manera brillante un problema: cómo conseguir suficiente poder para derrotar a los adversarios y convertir un programa en decisiones.
Los anarquistas habían dedicado una enorme parte de su pensamiento a otro: cómo impedir que quienes conquistan el poder terminen dominando a quienes hicieron posible la revolución.
Ambos habían visto una parte real del problema. Ninguno disponía de una solución satisfactoria para las dos simultáneamente.
Una revolución necesita capacidad para actuar. Pero una capacidad de actuación excesivamente concentrada puede convertirse en dominación.
Éste quizá sea uno de los grandes problemas políticos que sobreviven ampliamente al anarquismo y al bolchevismo. ¿Cómo producir decisiones colectivas eficaces sin crear una estructura capaz de apropiarse permanentemente de la decisión?
Octubre convierte esa pregunta abstracta en experiencia histórica.
Después del 25: cuando la revolución empieza con oficinas
La documentación de los días inmediatamente posteriores a la insurrección permite observar un proceso que los grandes relatos históricos suelen pasar por alto. El Estado no reaparece primero como teoría. Reaparece como procedimiento.
El 27 de octubre, la Unión de Propaganda Anarcosindicalista de Petrogrado acreditó a Volin, Alexander Shapiro y J. Margolis para negociar con el Comité Militar Revolucionario.
El 29 acreditó a Vladimir Shatov como representante ante ese mismo organismo.
Esto modifica nuestra interpretación de Shatov.
No estamos únicamente ante un anarquista particularmente próximo a los bolcheviques. Su relación con el Comité estaba reconocida por su propia organización.
Incluso Volin, que posteriormente formularía una crítica radical del nuevo poder, aparece inmediatamente después de Octubre autorizado para negociar con el organismo que estaba convirtiéndose en uno de los centros efectivos de autoridad.
No necesitamos hablar de incoherencia individual. Existe una contradicción institucional mucho más interesante: una organización que niega la legitimidad del nuevo poder necesita empezar a relacionarse con él.
Y en los días siguientes aparecen documentos todavía más expresivos.
La Unión de Anarquistas Independientes solicitó al Consejo de Comisarios del Pueblo autorización para utilizar una imprenta.
El grupo anarcocomunista Svobodnaia Kommuna realizó una petición semejante y obtuvo posteriormente la correspondiente autorización.
Detengámonos, por un momento, en lo que esto significa.
Cuatro días después de derribar al antiguo gobierno, organizaciones ideológicamente antiestatales se dirigen al nuevo gobierno para pedir una autorización. Eso no implica que le reconozcan legitimidad ideológica. Significa algo más elemental.
Han reconocido prácticamente que existe una instancia capaz de producir efectos: puede conceder una imprenta; puede negarla; puede reconocer un representante; puede expedir una credencial; puede determinar quién utiliza un recurso. El poder que debía dispersarse ya tiene una dirección postal.
El Estado reaparece como procedimiento
Éste puede ser uno de los descubrimientos más importantes de este episodio.
Pensamos habitualmente en el Estado mediante grandes instituciones: gobiernos, parlamentos, ministerios, ejércitos, policías. Pero el poder estatal se reconstruye también mediante pequeños procedimientos. Hay que mirar la letra minúscula: ¡el diablo está en los detalles!
¿Quién adjudica una imprenta? ¿Quién reconoce una delegación?¿Quién emite una autorización? ¿Quién nombra un comisario? ¿Quién decide qué periódico puede publicarse? ¿Quién controla un edificio? ¿A quién hay que acudir para conseguir que una decisión tenga consecuencias?
Apenas unos días después de Octubre la respuesta empieza a ser: el nuevo aparato revolucionario.
Y aparece además una ironía. Mientras algunas organizaciones anarquistas solicitan al nuevo poder instalaciones para publicar sus periódicos, ese mismo poder está comenzando a intervenir sobre imprentas y publicaciones, nombrando comisarios, restringiendo determinados periódicos y adquiriendo la capacidad de decidir quién puede imprimir.
El Decreto sobre la Prensa aparece apenas dos días después de la toma del poder. La concentración de autoridad no es, por tanto, únicamente una degeneración que aparecerá años después. Algunos de sus mecanismos empiezan a formarse inmediatamente.
Y los anarquistas no observan el fenómeno desde fuera. Tienen que actuar dentro del espacio político que esa nueva autoridad comienza a administrar.
Los anarquistas conocen el problema
La Segunda Conferencia de la Federación Anarquista de Petrogrado, celebrada entre el 26 y el 28 de noviembre, es especialmente valiosa porque nos permite evitar una crítica retrospectiva. No somos nosotros quienes atribuimos desde el presente determinadas dificultades al anarquismo. Los propios anarquistas están discutiéndolas apenas un mes después de Octubre.
Uno de los asuntos del orden del día era precisamente la representación anarquista en los soviets, el Comité Militar Revolucionario y los comités de fábrica. Y lo que ya resulta previsible: no hallamos una sola respuesta; encontramos muchas.
Alexéi Fedorov consideraba que los soviets habían adquirido un papel revolucionario y que los anarquistas debían participar en ellos y en los comités de fábrica.
Kalabushkin aceptaba la presencia en los soviets con determinados propósitos, pero rechazaba la participación en el Comité Revolucionario porque lo consideraba un órgano de poder.
Zelenev sostenía que los organismos existentes estaban dominados por partidos y alejados de las masas y proponía crear otros.
Gordin veía cómo el Soviet se convertía en órgano supremo del poder y sólo aceptaba una participación enormemente limitada para denunciar desde dentro la autoridad.
Bleichman consideraba que precisamente porque el poder real estaba desplazándose hacia el Comité Revolucionario había que participar en los soviets para combatir esa evolución.
Otros defendían delegados rotatorios. Otros querían participar sin votar. Otros sólo pretendían utilizar la representación para obtener información. Bogatski llegaba a pensar que una participación dentro del propio Comité Revolucionario permitiría transformarlo.
Es difícil imaginar un documento más revelador del espíritu anarquista, donde la libertad de opinar es reina y señora.
Unos dicen: entrar. Otros: entrar únicamente para informar. Otros: entrar pero no votar. Otros: entrar para transformar. Otros: no entrar porque participar convierte al anarquista en funcionario. Otros: transformar los comités existentes. Otros: construir otros nuevos.
Y mientras discuten, algunos anarquistas ya están dentro de esos organismos.
El problema no era ausencia de ideas Esto obliga a corregir una simplificación. No podemos decir que los anarquistas careciesen de proyecto. Lo tenían. En el terreno económico puede reconstruirse con bastante claridad.
Fábricas → comités de fábrica.
Comités de fábrica → federaciones.
Tierra → campesinos y comunas.
Distribución → organizaciones laborales.
Coordinación → federaciones libres.
Política estatal → progresivamente innecesaria.
Los anarquistas podían imaginar una sociedad posrevolucionaria. Lo que no tenían resuelto era otra cuestión: cómo impedir que durante el tiempo necesario para construir esa sociedad otra organización construyese antes un poder político capaz de subordinarla. Pareciera que las soluciones anarquistas demandan en gran cantidad un recurso limitado: el tiempo.
Y ése era precisamente el terreno en que los bolcheviques poseían una ventaja enorme. La revolución libertaria necesitaba tiempo social. La revolución bolchevique estaba produciendo rápidamente tiempo institucional.
Mientras unos intentaban hacer crecer organismos desde abajo, otros estaban creando organismos capaces de dictar decisiones desde arriba. Ambos procesos podían coexistir durante algunas semanas o meses. La cuestión era cuál acabaría subordinando al otro.
Movimiento e institución
Apenas un mes después de Octubre, algunos anarquistas seguían pensando en la posibilidad de una nueva explosión revolucionaria, una «tercera revolución», que pudiera superar tanto el viejo orden como las nuevas formas de autoridad.
Mientras tanto, los bolcheviques organizaban el resultado de la revolución anterior.
Aquí encontramos una diferencia de temporalidad política. Los anarquistas continúan pensando fundamentalmente la revolución como movimiento. Los bolcheviques empiezan a pensarla como institución. Y quien institucionaliza primero una victoria modifica las condiciones en que podrá desarrollarse la movilización siguiente.
El bolchevismo no obtuvo su ventaja únicamente porque conquistase el poder el 25 de octubre. La obtuvo también porque transformó rápidamente aquella victoria en organismos capaces de decidir, administrar, distribuir recursos, reconocer representantes, organizar fuerzas y producir procedimientos.
Antes de que los anarquistas hubiesen resuelto colectivamente qué relación debían mantener con esos organismos, ya necesitaban negociar con ellos. Otra vez observamos la importancia de la variable “tiempo”.
Ésta es una diferencia decisiva.
Capacidad local y capacidad estratégica
Sin embargo, debemos evitar una conclusión demasiado cómoda:
centralización = eficacia; descentralización = incompetencia.
La historia no permite semejante simplificación. Los anarquistas demostraron una considerable capacidad organizativa.
Podían crear sindicatos. Administrar comités de fábrica. Editar periódicos de gran circulación. Organizar grupos armados. Influir sobre marineros y soldados. Movilizar miles de personas. Posteriormente demostrarían también importantes capacidades militares y administrativas en Ucrania y otros lugares.
Por eso debemos distinguir dos variables: capacidad organizativa local y capacidad estratégica global.
Una federación podía funcionar admirablemente en una ciudad. Un comité podía administrar una fábrica. Una unidad militar podía combatir eficazmente. Un periódico podía movilizar miles de lectores.
Pero ninguna de esas capacidades respondía automáticamente a una pregunta colectiva: ¿qué hacemos todos ante el nuevo gobierno?
La conferencia anarquista de noviembre muestra que ellos mismos eran conscientes de la fragmentación. Se quejaban de la desunión entre grupos. Pedían un programa común. Proponían un bureau de coordinación. Intentaban convocar un congreso general. Señalaban la debilidad de determinadas organizaciones locales.
No ignoraban el problema. Intentaban resolverlo. Pero las posibles soluciones chocaban con la autonomía de las organizaciones y con la pluralidad doctrinal.
El problema del tiempo político
Durante noviembre y diciembre aparecen esfuerzos para conseguir una coordinación general del movimiento anarquista ruso.
Se discute la convocatoria de un congreso. Se forman comisiones. Se intentan mejorar los contactos entre ciudades. Pero la cronología resulta reveladora.
El Comité Central bolchevique había aprobado la insurrección antes del 25 de octubre. Los anarquistas estaban intentando crear una estructura general de coordinación cuando el nuevo gobierno llevaba ya semanas funcionando.
Esto recuerda esa variable que merece atención durante toda nuestra investigación: ¡el tiempo necesario para producir una decisión!
No basta preguntar: ¿quién decide? Hay que preguntar también: ¿cuánto tarda una organización en transformar información en decisión y decisión en acción?
En condiciones normales, un procedimiento más lento puede proporcionar deliberación, legitimidad y control sobre los dirigentes. En una revolución o una guerra civil, una semana puede alterar por completo la correlación de fuerzas.
El problema no consiste en oponer democráticamente «buena deliberación» a «mala centralización». Consiste en estudiar qué costes produce cada sistema de decisión bajo diferentes condiciones.
Los bolcheviques podían discutir ferozmente. Lenin podía quedar en minoría. Zinóviev y Kámenev podían oponerse a la insurrección. Pero cuando una resolución era adoptada existía un mecanismo capaz de convertirla en actuación del partido.
Entre los anarquistas podían coexistir al mismo tiempo varias respuestas incompatibles y ninguna autoridad doctrinal legítima podía cerrar definitivamente la discusión.
Un anarquista podía entrar en un organismo revolucionario. Otro podía considerar esa entrada incompatible con el anarquismo ¡Y ambos podían continuar siendo anarquistas!
Esa diferencia institucional podía ser enorme en una situación revolucionaria.
«Marchar separados, golpear juntos»
A medida que pasan las semanas desaparece otra posible explicación. Ya no podemos atribuir la cooperación anarquista con los bolcheviques únicamente a la confusión de los días de Octubre.
El 19 de diciembre Burevestnik publica una formulación extraordinariamente clara: «¡Marchar separados, golpear juntos!».
Los anarquistas mantienen sus diferencias con los bolcheviques. Rechazan el principio estatal. Consideran insuficiente su programa. Pero mientras éstos combatan a la burguesía y a la contrarrevolución, pueden combatir junto a ellos.
En ese momento anarquistas participan incluso en fuerzas enviadas contra Kaledin. La paradoja de Octubre deja de ser simplemente una consecuencia de la confusión. Se convierte en estrategia.
Esta lógica parece razonable: no somos bolcheviques; mantenemos nuestra organización y nuestras ideas; pero existe un enemigo común más peligroso; mientras combatamos contra él podemos actuar conjuntamente; después resolveremos nuestras diferencias.
El problema radica en la palabra “después”.
La asimetría de la alianza revolucionaria
Una alianza no beneficia necesariamente por igual a quienes participan en ella. Supongamos que anarquistas y bolcheviques combaten juntos contra una fuerza contrarrevolucionaria. Si vencen, ambos han eliminado un enemigo.
Pero ¿qué ocurre con la relación de fuerzas existente entre ellos? Los bolcheviques controlan crecientemente el gobierno, organismos centrales, comunicaciones, procedimientos administrativos y una organización política nacional.
Cada victoria puede incorporarse a esas instituciones. Una victoria militar puede convertirse en capacidad política acumulada.
Los anarquistas pueden ganar también prestigio, armas, militantes o influencia local. Pero no poseen necesariamente un mecanismo equivalente para convertir cada victoria conjunta en poder institucional acumulativo.
Por eso la fórmula «marchamos separados y golpeamos juntos» puede ser correcta doctrinalmente y falsa dinámicamente. Siguen estando separados ideológicamente. Pero después de cada victoria conjunta pueden estar menos equilibrados políticamente.
Nuestra investigación permite expresar esta relación con bastante precisión: cada victoria común elimina un enemigo, pero favorece especialmente a quien posee estructuras capaces de convertir esa victoria en poder acumulado.
Éste será un mecanismo importante para observar posteriormente en Ucrania y, mucho más adelante, en España.
Revolución y contrarrevolución: un mapa político peligroso
Las intervenciones de Shatov permiten detectar además otra estructura mental. Después de Octubre puede describir el escenario mediante dos grandes campos: revolución frente a contrarrevolución.
En el primero aparecen bolcheviques y anarcosindicalistas. En el segundo, las fuerzas que intentan destruir la revolución. La clasificación posee una lógica poderosa. Permite identificar inmediatamente a enemigos como Kornílov o Kaledin.
Pero tiene una consecuencia. Si los bolcheviques permanecen dentro del «campo de la revolución», combatirlos frontalmente puede parecer equivalente a debilitar el campo revolucionario frente a la contrarrevolución.
Las diferencias internas quedan subordinadas. Aquí reaparece una dificultad que merece conservarse. El anarquismo había colocado históricamente en el centro de su reflexión el peligro de la concentración del poder. Pero en una coyuntura revolucionaria podía terminar ordenando sus prioridades mediante otro eje:
revolución / contrarrevolución.
Cuando ambos criterios entraban en conflicto, el peligro contrarrevolucionario inmediato podía desplazar a segundo plano el crecimiento de un poder revolucionario centralizado.
Los bolcheviques realizaban un cálculo diferente. También distinguían revolución y contrarrevolución. Pero añadían permanentemente otra pregunta: ¿quién controlará el poder después de la victoria?
Esto explica en parte su enorme flexibilidad táctica. No bastaba con derribar a un adversario. Había que saber quién recogería lo que quedase después.
Una Asamblea Constituyente efímera
La Asamblea Constituyente proporciona pocos meses después una segunda prueba del mismo mecanismo. Su convocatoria había sido una de las grandes promesas posteriores a la caída del zarismo. Debía dotar a Rusia de una estructura política elegida por sufragio y resolver cuestiones fundamentales acerca del nuevo régimen.
Pero cuando finalmente pudo reunirse, Octubre había modificado por completo las condiciones. Existía ya un Consejo de Comisarios del Pueblo. Existían organismos revolucionarios controlados crecientemente por los bolcheviques. Y coexistían ahora dos posibles fuentes de legitimidad: la legitimidad electoral de una Asamblea elegida por la población; y la legitimidad revolucionaria reivindicada por quienes sostenían que los soviets representaban una forma política superior.
Los bolcheviques no podían aceptar fácilmente una institución independiente capaz de discutir o revocar las decisiones tomadas desde Octubre.
Pero los anarquistas tampoco eran defensores naturales de la Asamblea. Y aquí empieza nuestro segundo experimento. Los anarquistas tampoco querían la Constituyente
Sería un error construir retrospectivamente una oposición: democracia parlamentaria frente a dictadura bolchevique, y colocar automáticamente a los anarquistas en defensa de la primera.
No era su posición.
Para un anarquista consecuente, una Asamblea Constituyente seguía siendo un organismo representativo que producía autoridad política. Elegir gobernantes no eliminaba necesariamente la diferencia entre quienes mandaban y quienes obedecían. El proyecto anarquista pretendía precisamente superar esa forma de organización.
Su alternativa continuaba encontrándose en los soviets libres, los comités de fábrica, las organizaciones obreras, campesinas y comunales y su federación desde abajo.
Por eso la prensa anarquista podía denunciar la Constituyente como una posible forma de restauración del viejo mundo político y llamar a no depositar en ella las esperanzas revolucionarias.
En el propio material que hemos reunido aparece ya en noviembre la preocupación de Burevestnik por la Asamblea como posible refugio de la reacción.
Esto significa que bolcheviques y anarquistas podían coincidir nuevamente en la destrucción de una institución sin compartir en absoluto las razones de esa destrucción ni lo que debía reemplazarla.
Exactamente el problema de Octubre.
Otra vez: destruir juntos, imaginar futuros diferentes
En Octubre: los bolcheviques querían derribar el Gobierno Provisional para poder conquistar y reorganizar el poder; los anarquistas querían derribarlo para que la sociedad comenzase a organizarse sin un poder estatal central.
En enero: los bolcheviques podían considerar la Constituyente un competidor del poder surgido de Octubre; los anarquistas podían considerarla otra forma de representación política que debía ser superada.
Ambos podían rechazarla. Pero sólo uno de ellos estaba construyendo el organismo que ocuparía efectivamente el espacio dejado por su desaparición.
La Asamblea Constituyente se reunió una sola vez. Y la historia proporciona incluso una imagen simbólica extraordinaria: Anatoli Zhelezniakov, marinero asociado al anarquismo que dirigía el cuerpo de guardias que custodiaba la Asamblea, participó materialmente en la clausura de aquella sesión anunciando a lo señores diputados que la custodia estaba agotada, y que era menester cerrar las puertas.
No necesitamos convertirlo en representante de todo el anarquismo. Tampoco debemos afirmar que «los anarquistas disolvieron la Constituyente». La decisión política pertenecía al poder bolchevique.
Pero el episodio muestra nuevamente que un anarquista podía contribuir a la eliminación de una institución estatal sin sentir necesariamente que estaba abandonando sus principios.
Podía pensar que estaba ayudando a eliminar otra forma de autoridad. El problema estaba en lo que ocurría después.
El vacío nunca está vacío
Ésta quizá sea la enseñanza conjunta de Octubre y de la Constituyente. Cuando desaparece una institución política, sus funciones no desaparecen necesariamente con ella.
Alguien sigue tomando decisiones. Alguien controla recursos. Alguien organiza fuerzas armadas. Alguien regula publicaciones. Alguien comunica órdenes. Alguien resuelve conflictos. Alguien distribuye alimentos. Alguien reconoce representantes. Alguien determina qué decisiones son obligatorias.
El vacío político puede ser, por tanto, una ilusión. Destruir una institución no equivale a destruir automáticamente las funciones que realizaba. Y si ya existe otra organización capaz de absorberlas, la destrucción puede fortalecer precisamente a esa organización.
Por eso una regla histórica empieza a emerger: no basta preguntar qué institución destruye una revolución. Hay que preguntar quién queda en condiciones de apropiarse de las funciones que esa institución desempeñaba.
El anarquismo había pensado admirablemente el primer problema. El bolchevismo había pensado con enorme intensidad el segundo.
Respuestas que se repiten
Entre octubre de 1917 y enero de 1918 encontramos así dos acontecimientos diferentes con una estructura semejante. Primero existe una institución que bolcheviques y anarquistas rechazan por razones distintas.
Después colaboran, directa o indirectamente, en su eliminación. La destrucción parece inicialmente ampliar el campo revolucionario. Pero el espacio político resultante no permanece neutral.
Las nuevas funciones son absorbidas por los organismos que poseen mayor capacidad institucional. Y esas instituciones se encuentran siempre controladas por los bolcheviques.
Los anarquistas conservan su independencia doctrinal. Pero su posición relativa empeora. Esto es mucho más serio que una coincidencia.
Empieza a parecer un mecanismo.
La pregunta incómoda
Llegados aquí debemos evitar dos relatos igualmente pobres. El primero sería el bolchevique: los anarquistas fueron incapaces de organizar una revolución y el partido tuvo que proporcionar la dirección que la historia exigía.
El segundo sería un relato anarquista excesivamente cómodo: la revolución fue traicionada porque los bolcheviques conquistaron el Estado, centralizaron el poder y reprimieron a quienes pretendían mantener viva la revolución social.
La segunda explicación contiene una parte histórica sustancialmente cierta. Pero puede ocultar nuestra verdadera pregunta. No basta preguntar: ¿qué hicieron los bolcheviques a los anarquistas? Debemos preguntar también: ¿por qué pudieron hacerlo?
¿Por qué un movimiento que había diagnosticado tan tempranamente los peligros de la autoridad no consiguió impedir que una organización política concentrase progresivamente el poder? ¿Por qué participó en una insurrección cuya dirección estratégica no controlaba?
¿Por qué sus organizaciones no pudieron producir una respuesta común cuando comprobaron que aparecía un nuevo gobierno? ¿Por qué podían detectar el peligro y, sin embargo, seguir cooperando tácticamente con quienes lo estaban generando?
¿Por qué la destrucción sucesiva de instituciones rivales no fue acompañada por la construcción de organismos libertarios capaces de impedir una nueva concentración política?
Estas preguntas no constituyen una condena del anarquismo. Constituyen precisamente lo contrario: tomarlo suficientemente en serio como para someterlo a la misma investigación crítica que aplicamos a sus adversarios.
Tampoco debemos olvidar el otro lado Sería profundamente injusto terminar aquí declarando simplemente la superioridad bolchevique. Porque la historia posterior mostraría también el precio de esa superioridad.
El partido poseía procedimientos para transformar información en decisión y decisión en acción. Podía acumular experiencia. Podía concentrar recursos. Podía disciplinar militantes. Podía ejecutar rápidamente una orientación.
Y precisamente esas capacidades podían producir también una maquinaria extraordinariamente peligrosa cuando el adversario dejase de ser únicamente la contrarrevolución.
La pregunta cambiaría entonces: ¿quién controla a quienes han adquirido capacidad para controlar? Ése era el problema que los anarquistas habían diagnosticado desde mucho antes.
Su temor a la centralización no era una fantasía doctrinal. El Estado bolchevique proporcionaría posteriormente razones abundantes para considerar que el poder revolucionario podía transformarse en una nueva estructura de dominación.
Por eso Octubre no demuestra que los bolcheviques tuvieran razón y los anarquistas estuvieran equivocados. Demuestra algo bastante más inquietante: cada uno había comprendido extraordinariamente bien un peligro que el otro tendía a subestimar.
Los bolcheviques sabían qué puede ocurrir cuando una revolución carece de suficiente poder para defenderse. Los anarquistas sabían qué puede ocurrir cuando alguien consigue demasiado poder para defender la revolución.
El problema histórico consistía en resolver ambas cosas simultáneamente. Ninguno consiguió resolver satisfactoriamente ambos problemas, aunque unos y otros creyeran estar construyendo una solución revolucionaria.
Una cuestión que trasciende al anarquismo
Quizá por eso este episodio posee una importancia que supera ampliamente la historia de las organizaciones libertarias. La pregunta reaparece en cualquier proyecto de transformación política:
¿Cómo adquirir suficiente capacidad para modificar una sociedad sin crear una organización capaz de apropiarse de esa capacidad? ¿Cómo producir decisiones vinculantes sin convertir a quienes las ejecutan en una nueva autoridad permanente? ¿Cómo coordinar a miles o millones de personas sin generar un centro cada vez menos controlable por ellas?
¿Cómo actuar rápidamente cuando la rapidez es necesaria sin convertir la emergencia en fundamento permanente de obediencia?
¿Cómo conservar la deliberación sin caer en la impotencia? ¿Cómo conservar la capacidad ejecutiva sin caer en dominación? La Revolución rusa convirtió estas preguntas en acontecimientos.
Por eso resulta tan importante para una historia natural del anarquismo. No estamos estudiando solamente una doctrina. Estamos observando un experimento social de enormes dimensiones en el que diferentes respuestas al problema del poder pudieron competir durante un breve período bajo condiciones extremas.
La cuestión del aprendizaje
Pero la investigación nos deja todavía otra pregunta. Supongamos que Octubre reveló una debilidad organizativa del anarquismo ruso. Supongamos que la relación con los bolcheviques mostró los peligros de una alianza asimétrica. Supongamos que los acontecimientos posteriores confirmaron que una organización que no pretende conquistar el poder puede terminar fortaleciendo a otra que sí pretende hacerlo.
¿Qué hizo después el anarquismo con esa experiencia?
La pregunta es decisiva porque Rusia no será el último episodio de nuestra historia. Después vendrán la guerra civil, Ucrania, Makhno, la represión bolchevique, Kronstadt y el exilio de numerosos militantes. Y algunos supervivientes intentarán sacar conclusiones.
La Plataforma Organizativa de los Comunistas Libertarios de 1926, relacionada especialmente con Makhno, Arshinov y otros exiliados rusos, propondrá precisamente corregir algunas debilidades mediante mayor unidad teórica, unidad táctica y responsabilidad colectiva, manteniendo formalmente el federalismo. La propuesta provocará una profunda controversia dentro del movimiento anarquista.
Eso convierte la experiencia rusa en algo más que una derrota.
Puede convertirse en un problema de aprendizaje histórico. ¿Analizaron los anarquistas fundamentalmente qué les habían hecho los bolcheviques? ¿O analizaron también qué habían hecho ellos mismos que facilitó el resultado? ¿Qué reformas organizativas intentaron introducir? ¿Cuáles rechazaron? ¿Por qué? ¿Consideraron determinadas soluciones demasiado próximas al bolchevismo? ¿Hasta dónde podía modificarse la organización anarquista sin dejar de ser anarquista?
Estas preguntas nos acompañarán posteriormente.
Rusia y España: una hipótesis, no todavía una conclusión
Mucho más adelante llegaremos a la Guerra Civil española. Allí el anarquismo alcanzará una fuerza social que nunca había poseído en Petrogrado. La CNT y la FAI dispondrán de una organización de masas, sindicatos, cuadros experimentados, milicias y una influencia económica y política extraordinaria.
Las circunstancias serán profundamente distintas. Precisamente por eso la comparación puede ser importante. Si bajo condiciones tan diferentes reaparecen problemas semejantes, tendremos más razones para considerarlos estructurales.
En España volverá a aparecer la pregunta: ¿qué hacer con el poder?¿Destruirlo? ¿Ignorarlo? ¿Compartirlo? ¿Participar provisionalmente en él? ¿Construir organismos alternativos? ¿Mantener simultáneamente instituciones estatales y estructuras revolucionarias?
El paralelismo no debe darse por demostrado de antemano. Nuestra obligación será intentar falsarlo. Pero Rusia nos proporciona ya una guía para investigar.
No preguntaremos solamente qué hicieron los anarquistas españoles en 1936. Preguntaremos también: ¿qué sabían de Rusia? ¿qué habían aprendido de Rusia? ¿qué habían decidido no aprender?
Entre ambos episodios puede existir una cadena histórica:
Rusia 1917–1921 → exilio revolucionario → Plataforma de 1926 → controversia internacional → recepción española → CNT-FAI → 1936.
Si esa cadena documental puede demostrarse, la comparación será enormemente más poderosa que una simple semejanza retrospectiva.
Octubre como experimento histórico
Podemos ahora volver al comienzo. Preguntábamos si Octubre fue una revolución o un golpe de Estado.
Para nuestro propósito la cuestión resulta finalmente menos importante de lo que parecía. Fue, sin duda, un episodio de una gigantesca revolución social. Pero fue también una operación organizada para conquistar el centro político del Estado. La extraordinaria habilidad bolchevique consistió en conseguir que ambas cosas coincidieran durante el tiempo suficiente.
Obreros, soldados, marineros, socialistas revolucionarios de izquierda, anarquistas y bolcheviques podían colaborar en destruir el Gobierno Provisional sin compartir la misma idea acerca de lo que estaban construyendo.
La coincidencia táctica ocultaba la incompatibilidad estratégica. Los anarquistas imaginaban que la desaparición del viejo poder permitiría la expansión de organismos autónomos. Los bolcheviques imaginaban que la conquista del poder permitiría dirigir la transformación social.
Ambos podían gritar: «¡Todo el poder a los soviets!».
Pero no estaban diciendo lo mismo. Ésa fue probablemente la gran equivocidad de Octubre.
Lo que Octubre parece mostrar
La experiencia permite formular provisionalmente varias conclusiones.
La primera es que los anarquistas comprendieron bastante bien los riesgos de la concentración del poder. No podemos atribuir su derrota simplemente a ignorancia.
La segunda es que comprender un peligro no equivale a disponer de una estrategia para impedirlo.
La tercera es que una organización descentralizada puede poseer enormes capacidades locales y, sin embargo, tener dificultades para producir decisiones estratégicas comunes con suficiente rapidez.
La cuarta es que destruir una institución no elimina automáticamente las funciones que ésta desempeñaba.
La quinta es que una alianza entre organizaciones diferentes puede ser profundamente asimétrica: quien posee mecanismos capaces de convertir cada victoria en acumulación institucional puede fortalecerse mucho más que sus aliados.
La sexta es que las consignas compartidas no implican proyectos compartidos.
Y la séptima quizá sea la más importante: el intervalo entre destruir un poder y construir una sociedad sin poder puede no existir.
Mientras unos empiezan a construir la sociedad nueva, otros pueden estar construyendo ya el nuevo Estado. Ése fue el problema que Octubre planteó brutalmente al anarquismo.
El poder no quiere esperar
Quizá podamos terminar el capítulo con esta imagen.
Los anarquistas habían dedicado décadas a pensar cómo sería posible una sociedad en la que el Estado dejara de ser necesario. En octubre de 1917 pareció, por un momento, que la historia les ofrecía la oportunidad de comprobarlo.
El viejo Estado se derrumbaba. Las masas estaban armadas. Los campesinos ocupaban tierras. Los trabajadores creaban comités. Los soldados elegían representantes. Los soviets proliferaban. La autoridad tradicional parecía deshacerse.
Nunca habían estado tan cerca de aquello que habían imaginado.
Pero precisamente entonces descubrieron algo que su teoría había pensado mucho menos: el poder no espera a que termine la discusión sobre qué debe reemplazarlo. Puede reorganizarse mientras sus adversarios todavía discuten cómo impedir que vuelva a existir.
El 25 de octubre cayó un gobierno. El 26 ya había otro.
Pocos días después expedía credenciales, asignaba imprentas, reconocía representantes y regulaba publicaciones. Un mes después los anarquistas debatían qué relación legítima podían mantener con aquellas instituciones. Dos meses después formulaban una estrategia de «marchar separados, golpear juntos».
En enero desaparecía también la Asamblea Constituyente. Y cada una de esas desapariciones ampliaba el espacio ocupado por el nuevo aparato revolucionario. Los anarquistas habían comprendido mejor que casi nadie el peligro de que el poder se concentrase. Los bolcheviques habían comprendido mejor que casi nadie el peligro de no disponer de poder cuando había que decidir.
Octubre enfrentó ambas concepciones. Y produjo una paradoja que todavía no podemos dar por resuelta:
¿cómo adquirir suficiente capacidad para transformar una sociedad sin crear una organización capaz de terminar dominándola?
El anarquismo ruso no encontró la respuesta. El bolchevismo creyó haberla encontrado. La historia de los años siguientes demostraría que tampoco la tenía. Y es precisamente ahí donde debemos continuar.
Carolus Brigantinus Rusos
Septiembre 2026
Nota:
Este capítulo no habría podido escribirse de la misma manera sin la colaboración de ChatGPT-ADA. Su intervención fue especialmente importante para acceder a periódicos anarquistas rusos de la época conservados en repositorios moscovitas digitales abiertos: facilitó la traducción al castellano de textos en ruso, ayudó a localizar y organizar la información relevante y participó en la discusión e interpretación de esos materiales. Las traducciones se utilizaron como instrumentos de investigación y no como ediciones filológicas de los originales; los datos y pasajes considerados relevantes fueron contrastados, siempre que fue posible, con otras fuentes y con la bibliografía histórica utilizada en este estudio. La selección de los materiales, su interpretación final y la responsabilidad por el texto publicado corresponden al autor.
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