1. Un imperio en tensión
A comienzos del siglo XX, el Imperio ruso era una enorme estructura política, territorial y socialmente heterogénea. No era simplemente una sociedad rusa sometida a un gobierno autocrático. Era un imperio en el que convivían pueblos con historias, lenguas, religiones y tradiciones políticas muy diferentes: polacos, ucranianos, finlandeses, lituanos, letones, estonios, georgianos, armenios, judíos y muchos otros grupos. Todos ellos quedaban integrados, de una manera u otra, bajo una estructura imperial cuyo centro político se encontraba en San Petersburgo.
Esta dimensión importa porque la crisis de 1905 no fue solamente una confrontación entre el zar y los trabajadores rusos. Fue al mismo tiempo una crisis social, una crisis política y una crisis imperial: una crisis que afectaba a las distintas sociedades y nacionalidades reunidas bajo el poder del zar.
El Estado tenía que mantener bajo control a una población campesina mayoritaria, a una clase obrera en crecimiento, a unas élites profesionales cada vez más descontentas, a movimientos socialistas, organizaciones liberales, grupos nacionalistas y una creciente oposición clandestina. Y debía hacerlo mediante un sistema político que ofrecía muy pocos canales institucionales para transformar el conflicto en negociación.
Jean Meyer ha señalado precisamente el peligro de contemplar retrospectivamente la Rusia de Nicolás II como un «Antiguo Régimen» condenado de antemano. El conocimiento de 1917 nos hace olvidar que en 1904 y 1905 todavía existían diferentes futuros posibles para el imperio. No estaba escrito que el zarismo tuviera que desaparecer, ni que una revolución tuviera necesariamente que conducir a otra revolución doce años después.
Es más: algunos de esos futuros podían haberse hecho realidad si una de las partes —el poder— no se hubiese obstinado en tenerlo todo.
La cuestión, por tanto, no es explicar por qué el zarismo tenía que caer, sino averiguar por qué comenzó a perder capacidad para mantener el orden y, al mismo tiempo, por qué consiguió finalmente sobrevivir.
2. La autocracia y el problema de la obediencia
La autocracia rusa no era simplemente un régimen autoritario entre otros. Su principio político era mucho más radical: la autoridad suprema pertenecía al zar. El problema comenzó cuando sectores cada vez más amplios de la sociedad empezaron a cuestionar no solamente determinadas decisiones del gobierno, sino el derecho mismo del poder a decidir unilateralmente.
Ya antes de 1905 habían aparecido síntomas de esa tensión. El movimiento estudiantil, las reivindicaciones de los zemstvos, el terrorismo revolucionario —implacable en su ataque homicida—, la oposición liberal y el desarrollo de organizaciones obreras mostraban que la sociedad comenzaba a generar espacios de acción relativamente autónomos.
La reacción del régimen osciló entre la represión, la vigilancia y ciertos intentos de canalizar de forma controlada aquel descontento.
El experimento asociado a Serguéi Zubátov, que intentó articular el ministro del Interior, Pleve, resulta particularmente revelador. Se planificó la creación de organizaciones obreras que pudieran plantear reivindicaciones económicas, pero sin adquirir ninguna autonomía política. La idea era separar las demandas sociales de la oposición revolucionaria.
Pero había una contradicción difícil de resolver: el mismo régimen que pretendía canalizar las reivindicaciones obreras prohibía toda verdadera organización gremial.
El Estado quería permitir que los trabajadores protestasen sin permitirles organizarse políticamente; quería introducir reformas sin renunciar al monopolio de la decisión; quería reducir el conflicto sin ceder autoridad. Buscaba, en definitiva, la cuadratura del círculo.
Algo parecido ocurría con los zemstvos y con el mundo universitario: se podían expresar determinadas demandas, pero esas demandas no debían tener consecuencias políticas. El problema era que una institución a la que se permite hablar pero se impide actuar acaba teniendo muy poco margen para cumplir la función que se le ha concedido.
La dificultad empezaba a ser evidente. La autocracia sabía reprimir la oposición. Lo que todavía no estaba claro era si, por ese camino, podía seguir consiguiendo obediencia.
Y esa diferencia será fundamental.
Un Estado puede conservar la capacidad de castigar y, sin embargo, comenzar a perder autoridad. Puede seguir disponiendo de policía, ejército y administración mientras una parte creciente de la sociedad deja de considerar legítimas sus decisiones. La revolución de 1905 pondrá precisamente a prueba esa diferencia.
3. La guerra que desencadenó la crisis
En febrero de 1904 comenzó la guerra ruso-japonesa.
Para el gobierno ruso, aquella guerra podía servir también como instrumento político. Una victoria exterior podía reforzar el prestigio del régimen y favorecer la cohesión interna. Estaban en juego Manchuria y Corea, pero también algo menos tangible y quizá más importante: la imagen de un imperio poderoso que todavía podía imponerse a sus adversarios.
Con esas bazas, el zarismo esperaba recuperar parte del prestigio perdido y reconquistar el favor popular.
Pero el resultado fue el contrario.
La derrota frente a Japón, culminada con el hundimiento de la escuadra rusa del Pacífico en el estrecho de Tsushima, tuvo consecuencias militares, económicas y psicológicas. El Imperio ruso, que pretendía ser una de las grandes potencias mundiales, había sido derrotado por un Estado asiático que pocos años antes había sido considerado por buena parte de las élites europeas como una potencia menor.
La guerra no creó por sí sola la revolución. Pero debilitó gravemente la posición del gobierno. La derrota hizo visibles sus deficiencias administrativas y militares y deterioró la imagen de Nicolás II.
Y, sobre todo, introdujo una duda que hasta entonces podía parecer inconcebible: ¿qué sucede cuando un poder que parecía incuestionable demuestra que puede ser derrotado?
4. El Domingo Sangriento
El 9 de enero de 1905, miles de trabajadores marcharon hacia el Palacio de Invierno de San Petersburgo.
La manifestación estaba dirigida por el sacerdote Gueorgui Gapon, un antiguo confidente de la policía que había terminado tomando el camino del apoyo a los más desposeídos. En principio, la marcha tenía un carácter nada revolucionario. Los trabajadores querían presentar sus peticiones al zar.
¡Al «padrecito zar»!
La escena resulta significativa precisamente por eso. Una multitud de trabajadores se dirigía hacia el representante supremo del Estado no necesariamente para destruirlo, sino para pedirle que interviniera. Todavía era posible imaginar la relación entre el zar y sus súbditos como una relación de protección: el pueblo sufría y acudía a quien, en última instancia, debía protegerlo.
Pero la respuesta de las autoridades fue la violencia.
Las tropas dispararon contra los manifestantes. Murieron cientos de personas, y entre las víctimas hubo también mujeres y niños.
El llamado Domingo Sangriento tuvo una importancia que superó con mucho el número de víctimas. Para una parte de la población se produjo una ruptura emocional y simbólica. El zar dejó de aparecer como una autoridad protectora situada por encima del conflicto y comenzó a aparecer como el poder responsable de la violencia ejercida contra quienes habían acudido a él.
No se trataba solamente de que el Estado hubiese utilizado la coerción. La cuestión era que aquella coerción había destruido una parte de la relación de obediencia sobre la que se sostenía su autoridad.
Después de aquel día, la protesta ya no podía ser exactamente la misma.
Lo que había comenzado como una petición dirigida al zar empezó a transformarse en una movilización contra el régimen.
5. La revolución se extiende
Durante 1905 las huelgas se multiplicaron. Pero la protesta obrera era solamente una parte de lo que estaba sucediendo.
En el campo se produjeron numerosos disturbios y ocupaciones de tierras. En diferentes regiones aparecieron conflictos nacionales. También hubo motines en las fuerzas armadas, entre ellos el célebre levantamiento del acorazado Potemkin.
Las ciudades industriales se convirtieron en grandes centros de movilización, pero la agitación alcanzó también al campo y a las periferias del imperio. Por eso resulta insuficiente hablar de una sola revolución.
Había trabajadores que reclamaban mejores condiciones laborales y derechos políticos; campesinos que querían tierra; liberales que exigían una constitución; nacionalistas que reclamaban autonomía o independencia; soldados y marineros que se rebelaban contra sus mandos; socialistas revolucionarios que buscaban destruir el orden existente; marxistas que pretendían organizar políticamente al proletariado.
Todos podían coincidir en su oposición a determinados aspectos del zarismo sin coincidir en aquello que debía sustituirlo.
Y ahí aparecía una dificultad que volveremos a encontrar en 1917: derrocar o debilitar un poder no significa saber qué poder debe ocupar su lugar.
6. Los soviets
Es en este contexto donde aparece la institución que más nos interesa.
El Soviet de Diputados Obreros de San Petersburgo surgió en octubre de 1905 como organismo de coordinación de la huelga y de representación de los trabajadores.
No era simplemente un sindicato. Tampoco era todavía un gobierno. Ni siquiera era un consejo en el sentido tradicional. Era una forma nueva de organización política surgida de la propia movilización.
Los trabajadores elegían delegados. Los delegados se reunían, deliberaban y transmitían decisiones. De ese modo, el organismo podía coordinar acciones que ninguna fábrica, por separado, habría podido organizar.
Aquí aparece, llevada a la práctica, una cuestión que en el capítulo anterior habíamos encontrado en Proudhon, Bakunin y la Internacional: ¿cómo puede una colectividad actuar como una unidad sin crear necesariamente una autoridad separada de ella?
El soviet ofrecía una primera respuesta experimental.
La representación no desaparecía. Al contrario: resultaba indispensable. Pero el representante pretendía ser un delegado de quienes lo habían elegido y no un gobernante independiente de ellos.
Así, cuestiones que hasta entonces podían parecer doctrinales adquirían una dimensión muy concreta. ¿Quién puede hablar en nombre de quién? ¿Durante cuánto tiempo? ¿Con qué mandato? ¿Puede ser revocado? ¿Quién controla al que ha recibido la capacidad de representar?
La revolución estaba obligando a responderlas sobre la marcha.
Por eso los soviets son importantes incluso aunque en 1905 no llegaran a conquistar el Estado. Su importancia reside también en haber mostrado que una multitud de trabajadores podía generar una estructura propia de coordinación y representación.
Y esto introduce una cuestión que todavía no debemos resolver:
¿es posible crear una organización suficientemente poderosa para enfrentarse al Estado sin que esa organización termine convirtiéndose en un nuevo poder separado de quienes la crearon?
7. Trotski y la política revolucionaria
León Trotski desempeñó un papel destacado en el Soviet de San Petersburgo y terminó presidiéndolo.
Su experiencia de 1905 será fundamental para comprender al Trotski de 1917. Pero conviene no adelantar todavía ese resultado. En 1905 Trotski participa en una experiencia política nueva: un organismo que nace de una movilización social y que adquiere una capacidad de coordinación que el Estado no puede ignorar.
El soviet no posee un ejército propio ni controla formalmente la administración imperial. Su poder procede de otra fuente: de la capacidad de los trabajadores organizados para paralizar partes importantes de la actividad social.
Aquí aparece otra distinción que debemos conservar. El poder no coincide necesariamente con la autoridad formal.
El zar posee autoridad jurídica y dispone de la coerción estatal. El soviet carece de soberanía legal. Sin embargo, miles de personas pueden escuchar sus decisiones y actuar de acuerdo con ellas.
El poder, por tanto, empieza a estar dividido.
La revolución genera así una especie de distribución dual del poder: el Estado conserva sus instituciones, mientras la sociedad crea organismos capaces de interferir en su funcionamiento.
8. El campo y las periferias
La revolución no puede comprenderse si se reduce a los soviets urbanos.
En el campo se produjeron numerosas revueltas. El problema agrario era mucho más profundo que una simple reivindicación económica. Una gran parte de la población campesina seguía viviendo en condiciones de pobreza y aspiraba a disponer de más tierra.
La cuestión campesina planteaba un problema diferente del obrero. Los trabajadores industriales podían organizar huelgas y soviets. Los campesinos actuaban mediante comunidades, movilizaciones locales, ocupaciones y destrucción de propiedades.
¡«La tierra para quien la trabaja.»!
Sus reivindicaciones tampoco coincidían necesariamente con las de los partidos socialistas urbanos. El campesinado tenía sus propios ritmos, sus propias formas de solidaridad y sus propias maneras de enfrentarse al poder.
Al mismo tiempo, las nacionalidades sometidas al Imperio planteaban sus propios problemas.
Polonia, Finlandia, los países bálticos, Ucrania, Georgia y otros territorios experimentaron formas diversas de movilización política y nacional. Esto obliga a ampliar nuestra concepción del poder.
El Estado ruso no gobernaba únicamente mediante relaciones de clase. Gobernaba también mediante una estructura imperial que subordinaba territorios y poblaciones diferentes.
La crisis de 1905 fue, por tanto, una crisis de la capacidad del centro imperial para mantener simultáneamente el control social, político y territorial.
Y, a medida que ese control empezaba a resquebrajarse, iban apareciendo en distintos lugares nuevas formas de organización, nuevas demandas y nuevas posibilidades de poder.
9. La cuestión judía y la violencia
La población judía ocupaba una posición particularmente vulnerable dentro del Imperio ruso. La discriminación venía de lejos, pero durante la crisis revolucionaria la violencia antijudía adquirió una intensidad especial.
Aquí conviene separar fenómenos que a veces aparecen mezclados. Una cosa fueron los pogromos y la emigración judía; otra, el crecimiento del sionismo; y otra, la participación de judíos en organizaciones revolucionarias.
Entre estas últimas se encontraba el Bund, fundado en 1897, que representaba una corriente socialista judía propia dentro del Imperio ruso.
La cuestión es importante para nuestro relato porque vuelve a mostrarnos que la revolución no era una simple lucha entre «el zarismo» y «los revolucionarios». Bajo esa apariencia se cruzaban conflictos sociales, nacionales, religiosos y políticos. Y cuando todos ellos se desencadenan al mismo tiempo, la violencia no necesariamente une a los descontentos: puede fragmentar todavía más una sociedad que ya estaba profundamente dividida.
10. Los que apenas dejaron huella
Entre las fuerzas que se movían contra el régimen había también unos revolucionarios que resultan particularmente difíciles de encontrar en los documentos de la época: los anarquistas.
No constituían un partido y, en realidad, la propia idea de convertirse en un partido político chocaba con buena parte de su concepción de la revolución. Se organizaban mediante pequeños círculos, grupos locales, imprentas clandestinas y federaciones que podían aparecer y desaparecer con rapidez.
No había una dirección central que registrara afiliados, distribuyera cargos o dejara actas de sus reuniones. Aquella forma de organización les proporcionaba libertad para actuar en la clandestinidad, pero tenía una consecuencia que hoy resulta paradójica: cuanto menos necesitaban de una estructura centralizada, menos huellas dejaban para el historiador.
Sin embargo, las huellas existen.
En Białystok, uno de los principales centros de actividad anarquista del Imperio, el movimiento parece haber crecido rápidamente durante 1905. De una docena larga de militantes que podía haber antes de la revolución se pasó a varios círculos y a varias decenas de activistas. Las estimaciones posteriores hablan de unos doscientos militantes en el momento de mayor expansión, aunque otras cifras son superiores y no existe un procedimiento fiable para comprobarlas.
Lo que sí parece fuera de duda es que su actividad no se limitaba a unas cuantas reuniones clandestinas. Editaban y distribuían propaganda, intervenían en huelgas y manifestaciones y trataban de llevar sus ideas directamente a los trabajadores.
Una de sus organizaciones, Chernoe Znamia —Bandera Negra—, llegó a distribuir en las fábricas de Białystok miles de ejemplares de sus proclamas. Una de ellas, dirigida a los trabajadores, habría alcanzado una difusión cercana a las dos mil copias durante el verano de 1905. También conocemos proclamas dirigidas a soldados y campesinos.
En Odesa aparecen documentos semejantes, entre ellos material anarquista confiscado por la policía. Es precisamente en los archivos policiales donde, en ocasiones, el fantasma deja de serlo: informes, confiscaciones y expedientes sobre literatura clandestina permiten comprobar que aquellos grupos existían y que las autoridades los consideraban parte del movimiento revolucionario.
La actividad anarquista se extendía además por otros centros del Imperio, especialmente en las regiones occidentales y meridionales: Varsovia, Vilna, Minsk, Riga, Grodno, Kovno, Gomel, Odesa, Ekaterinoslav y otras ciudades.
Pero sería exagerado convertir esta presencia en una influencia decisiva sobre la revolución de 1905. Los anarquistas no controlaron los soviets, no dirigieron el movimiento revolucionario y tampoco consiguieron una representación política comparable a la de socialdemócratas o socialistas revolucionarios.
Hay incluso una prueba particularmente significativa de sus límites. Cuando el Soviet de San Petersburgo se constituyó en 1905, los anarquistas solicitaron estar representados en su órgano dirigente y la petición fue rechazada.
Su dificultad no era únicamente numérica. Su propia concepción política hacía problemática la participación estable en organismos destinados a representar y dirigir a una colectividad. Allí donde otros revolucionarios buscaban conquistar posiciones dentro de las nuevas instituciones, ellos desconfiaban de que esas instituciones pudieran terminar reproduciendo el poder que pretendían destruir.
Esto plantea un problema para quien intenta medir históricamente su influencia.
Si utilizamos como medida el número de delegados en los soviets, los puestos dirigentes ocupados o la capacidad de imponer decisiones, la presencia anarquista de 1905 parece pequeña. Y probablemente lo fue. Pero si buscamos únicamente esas huellas, corremos el riesgo de confundir influencia con representación institucional.
Hay otra dificultad. Los propios anarquistas dejaron una documentación escasa y fragmentaria. Su actividad clandestina, su organización efímera y la persecución policial hacían difícil conservar archivos. Buena parte de lo que sabemos procede precisamente de sus enemigos: informes policiales, confiscaciones, procesos judiciales y documentos de las autoridades. Otra parte procede de recuerdos y reconstrucciones escritas posteriormente por antiguos militantes.
El resultado es necesariamente incompleto.
Por eso quizá sea más prudente decir que el anarquismo fue una corriente activa dentro del fermento revolucionario de 1905, con una presencia apreciable en determinados núcleos obreros, pero sin alcanzar una posición dominante en las organizaciones que terminaron adquiriendo mayor capacidad política.
Y, sin embargo, su presencia nos interesa por otra razón.
Los anarquistas representan en 1905 una forma de organización que se encuentra en una situación incómoda frente a la nueva realidad revolucionaria. Su rechazo de la centralización les permitía multiplicar pequeños focos de actividad, pero esa misma característica dificultaba su conversión en una fuerza política capaz de ocupar y conservar posiciones dentro de las nuevas instituciones.
Mientras los socialdemócratas y los socialistas revolucionarios podían transformar sus organizaciones en instrumentos de representación, los anarquistas se encontraban ante una elección mucho más difícil: participar en esas estructuras significaba aceptar parcialmente su lógica; mantenerse al margen significaba renunciar a buena parte de la capacidad de decisión que estaban generando.
Todavía no sabemos, en 1905, qué consecuencias tendrá esa elección. Pero el problema ya está planteado.
La revolución está creando organizaciones nuevas y, con ellas, nuevas posibilidades de poder. La cuestión ya no es solamente quién está contra el zar, sino quién será capaz de convertir la movilización social en una organización estable y, finalmente, en autoridad.
Los anarquistas estaban allí. Lo que no tenían era una respuesta común a esa última cuestión.
11. Octubre: la concesión
La movilización alcanzó su punto culminante en el otoño de 1905. Una huelga general paralizó buena parte del país y el gobierno se encontró ante una situación que ya no podía resolver exclusivamente mediante la represión.
Nicolás II publicó entonces el Manifiesto de Octubre.
El documento prometía libertades civiles y reconocía la participación de una Duma elegida. Un órgano representativo permanente, con diputados procedentes de elecciones públicas, era algo completamente nuevo en la estructura política rusa.
Por primera vez parecía posible que Rusia evolucionara hacia algún tipo de monarquía constitucional, si el zar aceptaba ceder una parte de sus facultades.
Pero aquí aparece una característica esencial de la respuesta del régimen: la concesión no equivalía a la renuncia al poder.
El Estado había cedido. Pero no había desaparecido.
La cuestión fundamental seguía siendo quién conservaría la capacidad efectiva de decisión.
La Duma podía ser elegida, pero el zar conservaba atribuciones fundamentales. La administración seguía dependiendo del aparato imperial. El ejército continuaba bajo el control del gobierno. El régimen estaba transformándose sin dejar de ser autocrático en aspectos esenciales.
1905 muestra así una posibilidad que será decisiva para nuestra investigación: un poder puede retroceder sin ser derrotado.
12. La recuperación del Estado
A medida que disminuyó la movilización revolucionaria, el gobierno fue recuperando capacidad de acción. El Soviet de San Petersburgo fue eliminado. Trotski y los demás dirigentes fueron encarcelados.
La revolución urbana perdió fuerza. El ejército, después de las primeras fisuras, volvió a desempeñar un papel decisivo en la restauración del orden. Poco a poco, la represión se intensificó.
Posteriormente, bajo Piotr Stolypin, el régimen combinó la represión política con reformas destinadas a modificar las condiciones del campesinado y fortalecer una base social más favorable al sistema.
El sistema se lamía las heridas y buscaba congraciarse con la clase que le era más adicta.
Pero la revolución había demostrado que el Estado era vulnerable, quebradizo, aunque no impotente.
Esta es quizá la conclusión más importante de 1905.
No basta con que un gobierno pierda autoridad. Para ser sustituido necesita perder también una parte suficiente de su capacidad coercitiva y administrativa, mientras sus adversarios consiguen construir una organización capaz de ocupar el espacio que deja vacío.
En 1905 esto no ocurrió.
13. ¿Fracaso de la revolución?
Llamar «fracaso» a 1905 es correcto si entendemos por fracaso el hecho de que los revolucionarios no consiguieron derribar el régimen.
Pero la palabra resulta engañosa.
La revolución había obligado al zarismo a realizar concesiones que antes parecían imposibles. Había creado una experiencia de movilización de masas. Había mostrado la capacidad de las huelgas generales. Había puesto en crisis la obediencia tradicional. Había producido los primeros soviets. Había revelado la fragilidad del ejército en determinadas circunstancias.
También había demostrado que campesinos, trabajadores, estudiantes, liberales y nacionalidades podían convertirse en actores políticos autónomos.
Y había obligado a los propios revolucionarios a enfrentarse a problemas que hasta entonces podían discutirse en términos puramente doctrinales.
¿Cómo se organiza una huelga general? ¿Cómo se representa a miles de trabajadores? ¿Cómo se coordinan diferentes centros de poder?
¿Cómo se relaciona una organización revolucionaria con una movilización que no controla? ¿Quién decide en nombre de los trabajadores? ¿Puede un organismo nacido de una movilización mantenerse democrático cuando aumenta su capacidad de decisión?
¿Hasta dónde puede llegar la descentralización cuando se necesita actuar con rapidez?
1905 no resolvió estas preguntas.
Pero las convirtió en problemas reales.
14. Lo que 1905 cambia
La importancia de 1905 no reside únicamente en sus resultados inmediatos.
A partir de entonces, nadie podía contemplar el Imperio ruso exactamente como antes. El zarismo había demostrado su vulnerabilidad. La sociedad había demostrado su capacidad para organizarse al margen de las estructuras estatales.
Pero ninguna de las fuerzas revolucionarias había conseguido sustituir al Estado.
La revolución había creado un poder alternativo, pero no había conseguido convertirlo en poder soberano. Y esta diferencia es fundamental.
El Soviet podía coordinar trabajadores, pero no podía controlar todo el aparato administrativo del imperio. Los campesinos podían levantarse, pero no podían construir una autoridad política común para todo el territorio.
Los liberales podían exigir una constitución, pero no disponían de la fuerza necesaria para imponerla. Los socialistas podían organizar la oposición, pero estaban divididos sobre el camino que debía seguir la revolución.
El régimen, mientras tanto, había descubierto algo igualmente importante: podía combinar concesiones y represión.
1905 fue, por tanto, una lucha todavía abierta entre diferentes formas de poder.
15. El primer laboratorio
Al terminar 1905, el Imperio ruso no había sido destruido. Pero tampoco era exactamente el mismo.
La autoridad del zar había sufrido una profunda erosión. La obediencia ya no podía darse por supuesta.
La coerción estatal había sido puesta a prueba, pero seguía siendo suficiente. Y la sociedad había demostrado que podía generar organizaciones capaces de actuar colectivamente fuera de los canales tradicionales del Estado.
El soviet es el ejemplo más importante.
No fue todavía un Estado alternativo. Fue algo quizá más interesante para nuestra investigación: el comienzo de una forma alternativa de organización del poder.
Por primera vez podemos observar, en condiciones históricas concretas, una cuestión que hasta ahora habíamos estudiado principalmente en el terreno de las ideas.
Una colectividad necesita organizarse para adquirir capacidad política.
Pero al organizarse produce representación, coordinación, dirección y autoridad. El problema no desaparece porque se elimine el gobierno formal.
La pregunta cambia de lugar.
Ya no es solamente: ¿quién gobierna?
Ahora es: ¿quién coordina, quién representa, quién decide y quién controla a quienes coordinan, representan y deciden?
1905 no ofrece todavía una respuesta.
Ofrece el primer experimento.
Y precisamente por eso no debemos contemplarlo solamente como el «ensayo general» de 1917. En 1905 el Estado todavía consigue sobrevivir. Pero, por primera vez, la sociedad ha mostrado que puede construir, aunque sea temporalmente, formas de poder que no proceden del Estado.
Doce años después, esa experiencia reaparecerá en circunstancias mucho más extremas.
La pregunta será entonces diferente.
No ya cómo puede aparecer un poder alternativo.
Sino qué ocurre cuando ese poder consigue vencer.
Carolus Brigantinus Barbatus
Septiembre 2026
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