Proudhon: inventar la anarquía
Empezamos un nuevo estudio sobre un tema que tiene muy mala prensa.
En el habla cotidiana empleamos con frecuencia la palabra anarquía como sinónimo de caos, confusión o desgobierno, y llamamos anarquista a quien parece empeñado en destruir las normas que permiten convivir a los demás. No es una asociación reciente. Durante mucho tiempo la palabra se utilizó precisamente con ese sentido peyorativo: servía para describir una situación en la que nadie obedecía, cada cual hacía lo que quería y el orden social parecía desmoronarse.
Pero esa utilización del término nos plantea inmediatamente un problema. Hubo hombres y mujeres que se llamaron a sí mismos anarquistas y que no pretendían construir una sociedad caótica. Por el contrario, dedicaron buena parte de sus vidas a imaginar cómo podría organizarse una sociedad que consideraban más justa, más libre y, en algunos casos, incluso mejor ordenada que la existente.
No tenemos por qué aceptar sus conclusiones. Tampoco necesitamos comenzar suponiendo que sus proyectos eran realizables. Pero si queremos comprender históricamente el anarquismo tendremos que distinguir desde el principio la imagen construida por sus adversarios de aquello que realmente defendieron quienes adoptaron voluntariamente ese nombre.
Esta será precisamente una de las reglas de esta investigación. No trataremos de demostrar que el anarquismo tenía razón ni que estaba equivocado. Lo consideraremos un hecho social. Intentaremos averiguar cómo nació, qué problemas pretendía resolver, qué instituciones combatía, cuáles intentó construir y qué sucedió cuando sus ideas tuvieron que enfrentarse con situaciones históricas reales.
Para hacerlo recorreremos épocas y países muy diferentes. El anarquismo adquirió especial importancia durante los siglos XIX y XX, sobre todo en Europa y América, y desarrolló variantes que llegaron a defender posiciones extraordinariamente alejadas unas de otras. Algunas fueron igualitarias y socialistas; otras llevaron la defensa del individuo y de la propiedad privada hasta extremos prácticamente opuestos.
Por eso tampoco podemos comenzar suponiendo que ya sabemos exactamente qué es el anarquismo. Tendremos que descubrirlo.
Una palabra peligrosa
El punto de partida convencional suele situarse en Francia en 1840.
Ese año Pierre-Joseph Proudhon publicó ¿Qué es la propiedad? y realizó un gesto intelectualmente provocador: se declaró anarquista.
No fue el primer pensador que había criticado profundamente al Estado, al gobierno o a la propiedad. Décadas antes, William Godwin había publicado Enquiry Concerning Political Justice y había imaginado una sociedad en la que el desarrollo de individuos racionales hiciera cada vez menos necesaria la coerción política.
Las ideas, por tanto, precedieron al nombre.
Pero Proudhon hizo algo diferente. Tomó una palabra utilizada generalmente como insulto y decidió convertirla en bandera. Eso era algo más que una extravagancia terminológica.
Si la anarquía significaba simplemente caos, declararse anarquista parecía equivalente a proclamar que se deseaba la destrucción de la sociedad. Proudhon trató de invertir el significado de la palabra. Para él, la ausencia de un soberano no implicaba necesariamente la ausencia de organización.
Y con ello apareció una pregunta que seguirá acompañándonos durante toda esta investigación:
¿Cuánto mando necesita realmente una sociedad para seguir siendo una sociedad?
La pregunta puede parecer sencilla, pero cuestiona algo que solemos aceptar sin pensarlo demasiado. Estamos acostumbrados a asociar tres realidades distintas: orden, organización y gobierno.
Si existe orden, suponemos que alguien debe imponerlo.
Si existe una organización, suponemos que alguien debe dirigirla.
Y si muchas personas deben coordinar sus actividades, damos fácilmente por supuesto que alguna autoridad situada por encima de ellas tendrá que decidir finalmente qué debe hacerse.
Proudhon comenzó a sospechar que esas tres cosas no eran necesariamente idénticas.
Puede existir organización sin que exista un soberano. Puede haber coordinación sin que una persona posea permanentemente el derecho de mandar. Puede haber reglas sin que exista una autoridad exterior a quienes participan en ellas.
Puede haber contratos, asociaciones, federaciones, intercambios y obligaciones recíprocas sin que todo ello dependa necesariamente de una instancia superior que imponga sus decisiones.
Ésta será una de las primeras ideas que tendremos que poner a prueba históricamente: sociedad organizada no significa necesariamente sociedad gobernada.
Propiedad y poder
El libro con el que Proudhon entró en la historia política llevaba por título una pregunta aparentemente económica: ¿Qué es la propiedad? Y su respuesta se hizo famosa:
«La propiedad es un robo».
La frase ha sobrevivido mejor que muchos de sus argumentos, y precisamente por ello puede inducir a error.
Proudhon no estaba diciendo simplemente que cualquier objeto poseído por una persona fuera producto de un robo. Su reflexión era bastante más complicada, y además su concepción de la propiedad fue modificándose a lo largo de su vida.
Lo que nos interesa aquí es el problema que detectaba detrás de ella.
La propiedad podía convertirse en una forma de poder.
Quien controla aquello que otros necesitan para trabajar, producir o vivir posee capacidad para establecer condiciones. Y cuando esa capacidad se vuelve estable, la relación económica deja de ser simplemente una relación entre cosas y se convierte también en una relación entre personas.
Aquí aparece una intuición que será central en buena parte del anarquismo posterior: no solamente el Estado puede gobernar a los seres humanos. También pueden hacerlo las relaciones económicas.
Una sociedad que eliminase al rey, al parlamento, a los jueces y a la policía pero dejara una enorme concentración de recursos en manos de unas pocas personas podría haber eliminado determinadas formas de autoridad política sin haber eliminado necesariamente la dependencia.
El problema de Proudhon comienza entonces a parecernos más amplio que una discusión sobre la propiedad. Detrás de ella aparece la cuestión de la apropiación.
Unos pocos pueden apropiarse de recursos de los cuales dependen muchos.
Pero unos pocos también pueden apropiarse de la capacidad de decidir sobre cuestiones que afectan a todos.
En un caso tenemos concentración económica. En el otro, concentración política.
No afirmaremos todavía que Proudhon considerase ambas cosas exactamente equivalentes. Tendremos que comprobarlo con mayor cuidado. Pero la semejanza nos proporciona una excelente hipótesis de trabajo: quizá una parte fundamental del pensamiento anarquista nazca del rechazo a que una capacidad colectiva termine convertida en facultad permanente de una minoría.
La propiedad interesa entonces porque puede convertirse en poder. Y el gobierno interesa por una razón semejante.
Poder no es autoridad
Aquí necesitamos hacer una pequeña distinción que nos acompañará durante toda esta historia.
No todo poder es autoridad.
Un individuo posee poder sobre otro cuando, dentro de una relación social, puede modificar su conducta o sus posibilidades, incluso contra su voluntad.
El origen de ese poder puede ser muy diferente: dinero, fuerza física, información, prestigio, conocimientos, organización, control de recursos, apoyo popular o simplemente la posibilidad de impedir que otro consiga aquello que necesita.
Pero la autoridad contiene algo adicional.
Existe autoridad cuando dentro de un determinado grupo se reconoce que una persona tiene derecho a decidir determinadas cosas.
Un médico puede tener autoridad respecto de un tratamiento porque se reconoce su competencia.
Una asamblea puede encomendar a alguien realizar una tarea y concederle durante cierto tiempo capacidad para tomar decisiones.
Una organización puede elegir un secretario.
Un grupo militar puede aceptar la dirección de alguien durante una operación.
Ninguno de estos ejemplos implica necesariamente una dominación permanente.
Por eso el problema del anarquismo no puede consistir simplemente en conseguir que nadie posea jamás poder o que nadie ejerza nunca autoridad.
Eso sería prácticamente imposible en cualquier grupo humano.
Las personas poseen conocimientos diferentes, capacidades diferentes, prestigio diferente, fuerza diferente, experiencia diferente y habilidades diferentes. Incluso en una comunidad perfectamente igualitaria aparecerían inevitablemente diferencias de influencia.
La cuestión realmente interesante es otra:
¿cómo impedir que esas diferencias circunstanciales se transformen en posiciones permanentes de mando y obediencia?
Ahí encontramos uno de los problemas fundamentales del anarquismo. Dar una tarea no significa entregar el poder
Supongamos que una comunidad necesita construir un puente.
Entre sus miembros hay una persona que sabe mucho más que los demás sobre ingeniería. Parece razonable escucharla y concederle capacidad para dirigir determinados trabajos.
Existe una diferencia de conocimientos. Existe influencia. Puede existir incluso autoridad.
Pero de ello no se sigue necesariamente que el ingeniero adquiera el derecho permanente a decidir sobre la educación de los niños, la distribución de alimentos o las relaciones de la comunidad con sus vecinos.
La autoridad puede estar limitada a una función. Lo mismo sucede con un delegado elegido por una asamblea.
La comunidad puede encargarle negociar algo en su nombre. Durante esa negociación posee una capacidad que los demás no están ejerciendo directamente.
Pero aparece entonces una pregunta crucial: ¿qué sucede si el delegado conserva esa posición durante mucho tiempo?
La duración empieza a modificar la relación.
Quien ocupa permanentemente una función obtiene información que otros no poseen, establece contactos, aprende procedimientos, controla recursos, crea redes personales y adquiere experiencia. Poco a poco puede resultar cada vez más difícil sustituirlo.
La delegación temporal comienza entonces a adquirir autonomía.
Podemos imaginar el proceso:
delegación → duración → acumulación de recursos → autonomía del delegado → posible dominación.
Por eso encontraremos una y otra vez, dentro de las tradiciones libertarias, una extraordinaria preocupación por la revocabilidad, la rotación de cargos, los mandatos limitados, el mandato imperativo, la descentralización, las asambleas y el federalismo.
No son necesariamente mecanismos destinados a conseguir que nadie tenga poder. Su función puede interpretarse de otra manera mucho más precisa:
impedir que el poder se acumule.
Esta distinción será fundamental cuando pasemos de los escritos de los doctrinarios a las organizaciones reales.
Una cosa es imaginar una sociedad libertaria. Otra muy diferente es administrar un sindicato, organizar una huelga, dirigir una milicia, gestionar una fábrica o coordinar miles de personas.
Entonces aparece la variable que no debemos perder nunca de vista: el tiempo.
Una forma de organización puede funcionar durante una reunión. Puede funcionar durante una huelga. Puede funcionar durante algunos meses.
Pero ¿puede reproducirse durante años? ¿Puede sobrevivir a una guerra? ¿Puede resolver conflictos internos graves? ¿Puede defenderse de sus enemigos?
¿Puede transmitir sus reglas a una nueva generación sin crear especialistas, dirigentes o instituciones permanentes?
La pregunta anarquista no será solamente cómo distribuir el poder. Será también cómo impedir que el tiempo lo concentre nuevamente.
Ni caos ni ausencia de reglas
Ahora podemos comprender mejor por qué Proudhon decidió apropiarse precisamente de la palabra anarquía.
Su provocación consistía en negar que hubiera solamente dos posibilidades: gobierno o caos.
Entre ambas podía existir un tercer espacio: una sociedad organizada mediante acuerdos, reciprocidad, asociación y federación.
Proudhon desarrolló diferentes propuestas para imaginar cómo podría funcionar. Una de las más importantes fue el mutualismo.
La idea general consistía en sustituir relaciones consideradas jerárquicas por acuerdos entre productores y asociaciones autónomas. La cooperación no desaparecería; al contrario, tendría que aumentar extraordinariamente. Pero debería realizarse sin que una instancia soberana se apropiase permanentemente de la capacidad de decidir.
Lo mismo sucede con el federalismo. Una federación no supone necesariamente ausencia de organización. Puede significar precisamente una organización muy compleja, pero construida de abajo hacia arriba: unidades que conservan autonomía y delegan solamente determinadas competencias en organismos comunes.
La diferencia puede parecer pequeña. No lo es.
En un sistema centralizado se supone que la unidad superior posee determinadas competencias y las distribuye hacia abajo.
En el ideal federalista proudhoniano el movimiento pretende ser inverso: las unidades de base conservan aquello que no han decidido delegar.
Vuelve a aparecer entonces el mismo problema: ¿quién posee originalmente la capacidad de decidir?
Y también el mismo peligro: ¿puede una delegación terminar convirtiéndose en apropiación permanente?
El anarquismo todavía no existe
Sería tentador continuar desde aquí contando toda la historia posterior.
Proudhon influirá en numerosos movimientos obreros. Sus ideas sobre mutualismo, federalismo y autonomía reaparecerán, transformadas, en otros autores. Bakunin radicalizará algunas de ellas y rechazará otras. Kropotkin desarrollará una concepción comunista del anarquismo. Surgirán organizaciones sindicales, movimientos revolucionarios, comunidades, grupos de afinidad y experiencias de autogestión.
Pero si hiciéramos ahora todo ese recorrido cometeríamos un error. Todavía estamos intentando comprender el problema inicial.
Proudhon ha hecho algo extraordinario, pero todavía principalmente intelectual: ha convertido una palabra utilizada para describir el desorden en el nombre de una posible forma de orden social.
Ha preguntado si instituciones que parecen naturales son realmente necesarias. ¿Necesitamos gobernantes? ¿Necesitamos propietarios en el sentido tradicional? ¿Necesitamos un poder soberano?
¿Puede la reciprocidad sustituir parcialmente a la obediencia? ¿Puede la federación sustituir a la centralización?
¿Puede una sociedad organizarse sin permitir que una parte de ella se apropie permanentemente de la capacidad de decidir por las demás?
Las respuestas de Proudhon no serán las únicas.
Ni siquiera serán aceptadas por todos aquellos que posteriormente se llamarán anarquistas.
Eso constituye, precisamente, una de las dificultades más interesantes de nuestra investigación.
Una familia que todavía no conocemos
A medida que avancemos descubriremos que bajo la palabra anarquismo aparecerán doctrinas extraordinariamente diferentes.
La corriente europea del siglo XIX estará profundamente vinculada al movimiento socialista y obrero. Para muchos de sus integrantes, una gran desigualdad económica constituye ya una forma de dominación. No tendría sentido abolir el Estado si después unos pocos propietarios pudieran determinar las condiciones de vida de la mayoría.
Pero mucho más tarde, especialmente en Estados Unidos, aparecerán corrientes radicalmente individualistas que recorrerán el camino contrario.
También desconfiarán del Estado. También defenderán la libertad del individuo. Pero considerarán legítimas desigualdades económicas muy grandes siempre que procedan de intercambios que juzguen voluntarios. Algunas defenderán con extraordinaria fuerza precisamente aquello que el anarquismo socialista había combatido: la propiedad privada y el mercado.
Llegaremos así a una paradoja notable.
Unos combatirán al Estado porque protege la propiedad capitalista. Otros combatirán al Estado porque limita la propiedad privada.
Y ambos podrán utilizar vocabulario libertario.
No resolveremos todavía si pertenecen realmente a una misma familia histórica. Sería precipitado.
Antes tendremos que descubrir qué comparten, si es que comparten algo. Quizá el mínimo común no sea la igualdad. Quizá tampoco sea la abolición de toda autoridad.
Podría encontrarse en una idea mucho más elemental: ningún ser humano posee por naturaleza el derecho de gobernar a otro.
A partir de ese punto las respuestas pueden bifurcarse.
Para unos, evitar la subordinación exigirá una considerable igualdad económica. Para otros, cualquier intento de imponer esa igualdad será precisamente una nueva forma de coerción. Tendremos tiempo para investigar esa contradicción.
Por ahora basta con advertir que el anarquismo que comienza con Proudhon abrirá un problema mucho mayor de lo que él mismo podía prever.
De una doctrina a un movimiento
En 1840 todavía no existe el gran movimiento anarquista que unas décadas después recorrerá Europa, penetrará en organizaciones obreras, tendrá una enorme presencia en determinados países y llegará, en circunstancias excepcionales, a intentar organizar sectores enteros de la sociedad.
Proudhon había realizado una operación previa. Había dado nombre a una posibilidad.
Había afirmado que aquello que los demás llamaban anarquía podía constituir una forma de organización.
Había relacionado propiedad y poder. Había cuestionado que gobierno y orden fueran necesariamente equivalentes.
Había imaginado asociaciones, reciprocidad y federación como posibles alternativas a determinadas formas de autoridad centralizada.
Pero faltaba todavía algo decisivo. Era necesario convertir una crítica intelectual en una fuerza social.
Para hacerlo habría que sacar el anarquismo de los libros, llevarlo al naciente movimiento obrero europeo, organizar militantes, disputar la dirección del movimiento socialista y decidir algo que Proudhon había dejado en buena medida abierto:
¿cómo se transforma una sociedad existente en una sociedad anarquista? La respuesta ya no podía ser solamente filosófica.
Aparecerían entonces la revolución, la acción colectiva, la organización clandestina, la Internacional y el problema de la violencia. Y con ellos surgiría una figura muy diferente de Proudhon.
Mijaíl Bakunin.
Con él comenzará otra etapa de nuestra historia. Porque Proudhon había inventado la anarquía como doctrina.
Bakunin intentará convertirla en movimiento.
Carolus Brigantinus Barbatus
Agosto 2026