Hay momentos históricos en los que un régimen es derrotado y otro ocupa inmediatamente su lugar. Febrero de 1917 no fue uno de ellos.
Lo extraordinario de la caída del zarismo ruso no fue únicamente la velocidad con que se derrumbó una monarquía que parecía destinada a durar todavía mucho tiempo. Fue que, después de su eclipse, nadie consiguió ocupar plenamente el espacio que había quedado vacío.
Nicolás II abdicó. Su hermano Mijaíl rehusó aceptar una corona que ya parecía incapaz de proteger a quien la llevase. Más de tres siglos de gobierno de los Romanov terminaron casi sin ceremonia. Ya no había zar, pero tampoco existía otra autoridad capaz de afirmar sencillamente: «a partir de ahora mando yo», y encontrar detrás una sociedad dispuesta a obedecerla.
Aquello modificaba radicalmente el problema que habíamos dejado abierto en 1905.
Entonces el Estado ruso había demostrado que podía perder autoridad sin perder completamente su capacidad de coerción. Había vacilado, había sufrido una gigantesca rebelión social, pero finalmente consiguió recomponerse. Doce años después ocurrió algo diferente. El centro político que mantenía unido al Imperio desapareció.
Y millones de personas descubrieron, casi simultáneamente, que podían comenzar a hacer cosas sin esperar autorización.
Éste es probablemente el acontecimiento que más nos interesa.
Porque la Revolución de Febrero no produjo simplemente el conocido «doble poder» entre el Gobierno Provisional y el Soviet de Petrogrado. Esa expresión describe bastante bien lo que sucedía en la parte superior del nuevo sistema político, pero puede ocultarnos lo que estaba ocurriendo por debajo.
Surgían comités de soldados, comités de fábrica, soviets urbanos y locales, organizaciones campesinas, sindicatos, milicias y asociaciones de toda clase. Las nacionalidades del Imperio reclamaban autonomía. Las unidades militares discutían las órdenes de sus oficiales. Los trabajadores intervenían en la organización de las fábricas. Los campesinos comenzaban a preguntarse qué autoridad podía impedirles tomar unas tierras que llevaban generaciones trabajando.
La soberanía no se había dividido simplemente en dos ¡Se estaba dispersando!
El Gobierno Provisional poseía ministros, funcionarios, reconocimiento internacional y una cierta continuidad administrativa. Pero necesitaba constantemente una obediencia que ya no podía dar por supuesta. El Soviet de Petrogrado poseía una enorme legitimidad entre trabajadores y soldados, pero inicialmente no pretendía convertirse en gobierno. Los mandos militares conservaban jerarquías y armas, aunque los soldados habían descubierto que podían negarse a obedecer. Los empresarios continuaban siendo propietarios de sus fábricas, pero cada vez tenían mayores dificultades para decidir por sí solos lo que ocurría dentro de ellas.
Aquello era algo más profundo que una crisis gubernamental. Era una crisis de la obediencia. Y precisamente por eso constituye un escenario extraordinario para nuestra historia.
Los anarquistas ante la revolución que habían esperado
Durante décadas los anarquistas habían imaginado una revolución que debía parecerse, aproximadamente, a aquello.
Bakunin había depositado una enorme confianza en la capacidad espontánea de las masas para destruir las estructuras del viejo orden. Kropotkin había imaginado una sociedad organizada desde abajo mediante asociaciones, comunas y federaciones voluntarias. Los anarcosindicalistas habían sostenido que los propios trabajadores podían hacerse cargo de la producción.
Y buena parte de la tradición anarquista había desconfiado sistemáticamente de los partidos políticos porque conquistar el Estado significaba, en último término, conservar precisamente la maquinaria de dominación que se pretendía abolir.
Ahora el Estado zarista había desaparecido.
Los anarquistas recibieron Febrero con entusiasmo. Regresaban exiliados, se abrían las cárceles, aparecían periódicos, círculos y federaciones. En Petrogrado y Moscú se organizaron grupos y la actividad libertaria comenzó a reaparecer en otras ciudades, fábricas, unidades militares y centros revolucionarios. La revolución parecía florecer por todas partes.
Sería tentador detenernos aquí y concluir que había llegado «la hora del anarquismo». Pero justamente eso es lo que no debemos hacer.
Una revolución puede producir comportamientos extraordinariamente próximos a las ideas libertarias sin que quienes los protagonizan sean anarquistas.
Un trabajador que crea un comité de fábrica no se convierte por ello en discípulo de Kropotkin. Un regimiento que elige representantes no se vuelve anarcosindicalista. Un campesino que ocupa una propiedad puede no haber leído jamás una línea de Bakunin.
Esta distinción va a ser fundamental en nuestro recorrido.
Acción espontánea. Convergencia con propuestas libertarias. Presencia comprobable de anarquistas. Influencia anarquista. Dirección anarquista.
¡No son la misma cosa!
Algunos autores libertarios posteriores tenderán a mirar hacia 1917 y reconocer en soviets, comités de fábrica, organizaciones campesinas y otras formas de autoorganización la expresión espontánea de un impulso esencialmente anarquista. Esa semejanza merece ser estudiada, pero no podemos convertirla retrospectivamente en prueba de influencia.
Nuestro problema es otro.
¿Qué ocurrió cuando una corriente política que llevaba décadas defendiendo la descentralización encontró una sociedad que empezaba espontáneamente a descentralizar el poder?
Y entonces aparece una pregunta incómoda:
¿dónde estaban los anarquistas cuando apareció el tipo de revolución que llevaban tanto tiempo esperando? Estaban allí. Pero no constituían un movimiento. Habían llegado mal preparados.
La represión posterior a 1905, la cárcel, el exilio y después la guerra habían castigado especialmente a unas organizaciones que ya eran pequeñas y dispersas. Febrero modificó la situación rápidamente. Regresaron militantes, reaparecieron publicaciones, pudieron organizarse reuniones y propaganda allí donde pocos meses antes semejante actividad habría terminado en prisión.
Sin embargo, hablar de «los anarquistas» como si constituyesen una organización equivalente a los bolcheviques, los mencheviques o los socialistas revolucionarios resulta engañoso.
¡No había un partido anarquista!
Y no se trataba simplemente de que todavía no hubiesen conseguido construirlo. Muchos no querían construirlo.
El rechazo del partido centralizado pertenecía a su propia concepción política. Allí donde un bolchevique podía considerar normal que una dirección coordinase la acción de miles de militantes, un anarquista podía reconocer ya el germen de una autoridad destinada a independizarse de quienes pretendía representar.
Aquello que desde un punto de vista podía parecer debilidad constituía, desde el otro, una precaución esencial.
Pero había además otro problema. Tampoco existía un único anarquismo.
Anarcocomunistas, anarcosindicalistas, individualistas y corrientes insurreccionales coincidían en determinadas negaciones fundamentales y podían divergir profundamente acerca de lo que debía construirse después.
Los anarcocomunistas imaginaban comunas y federaciones libres. Los anarcosindicalistas dirigían su atención hacia sindicatos, organizaciones obreras y organismos creados directamente dentro de las empresas.
Otros defendían primordialmente la autonomía individual. Y sobrevivía además una tradición insurreccional vinculada a atentados, «expropiaciones» (con frecuencia asaltos destinados a obtener fondos para la actividad revolucionaria) y otras formas de violencia revolucionaria.
No eran simples matices de una misma táctica.
El problema fundamental no consistía siquiera en la existencia de desacuerdos. Todos los grandes movimientos políticos los tenían.
El problema era disponer de mecanismos para resolverlos.
Un partido posee congresos, direcciones, votaciones y procedimientos capaces de transformar una discusión interna en una decisión colectiva. Esos mecanismos pueden producir burocracia, jerarquía y finalmente dominación: justamente aquello que los anarquistas temían.
Pero permiten también que, después de haber discutido, miles de personas actúen conjuntamente. Los anarquistas no habían encontrado una solución satisfactoria a esa dificultad.
Y entretanto la revolución no esperaba.
La sociedad actúa
Los trabajadores creaban comités en las fábricas. Discutían horarios, salarios, contratación, disciplina y condiciones laborales. En determinados casos avanzaron hacia algo mucho más amenazador para los propietarios: intervenir directamente en la dirección de la empresa.
Aquí los anarcosindicalistas encontraron probablemente el terreno más próximo a sus concepciones. Algunos participaron activamente en ese movimiento.
Pero nuevamente debemos resistir la apropiación retrospectiva. Los comités de fábrica no fueron inventados por los anarquistas.
Aparecieron porque los trabajadores necesitaban instrumentos para resolver problemas concretos dentro de las empresas cuando la autoridad tradicional se había debilitado.
Y precisamente eso hace el fenómeno mucho más interesante. Las formas libertarias podían aparecer sin que los libertarios las hubieran creado.
Algo semejante sucedía en el ejército.
Los soldados elegían comités, discutían las órdenes, cuestionaban privilegios y reclamaban ser tratados como ciudadanos. El viejo principio militar —el oficial manda y el soldado obedece— había perdido aquella naturalidad que durante siglos lo había convertido casi en invisible.
Para un anarquista podía ser la confirmación de todo lo que había sostenido sobre la autoridad. Para un oficial podía significar la destrucción del ejército.
Ambos podían tener parte de razón.
Porque aquí empieza a aparecer una dificultad que posteriormente será decisiva: una organización puede democratizarse extraordinariamente y, al mismo tiempo, disminuir su capacidad para actuar coordinadamente frente a un enemigo organizado.
En el campo el proceso era todavía más elemental. Los campesinos querían tierra. No necesitaban una teoría política sofisticada para saberlo.
Las aldeas podían actuar colectivamente sin reconocer como autoridad intelectual a Marx, Bakunin o Kropotkin. Pero nuevamente el comportamiento real podía converger con propuestas libertarias. Si las tierras eran tomadas directamente por quienes las trabajaban, sin esperar una ley y sin reconocer el derecho del antiguo propietario, la cuestión política surgía inevitablemente:
¿debía aguardarse a que una autoridad legitimase aquella transformación o debía realizarla directamente la comunidad? La revolución comenzaba así a producir, desde lugares distintos, formas de acción que se aproximaban extraordinariamente a viejas propuestas anarquistas.
Y sin embargo el anarquismo seguía siendo una fuerza comparativamente pequeña. Ésa es la paradoja que tenemos que explicar.
Un gobierno que no conseguía gobernar
El Gobierno Provisional quedó atrapado dentro de aquellas contradicciones.
Debía gobernar un país que acababa de descubrir que podía desobedecer. Debía continuar una guerra cada vez más impopular.
Debía conservar un ejército cuyos soldados discutían la autoridad de sus mandos. Debía resolver la cuestión agraria sin desencadenar una guerra social.
Debía proteger la propiedad cuando trabajadores y campesinos comenzaban precisamente a discutir quién tenía derecho efectivo sobre fábricas y tierras.
Y debía hacer todo aquello sin poseer ya la vieja legitimidad monárquica ni haber conseguido todavía una nueva legitimidad democrática plenamente establecida.
Pero cometió además un error que terminaría resultando letal: pidió tiempo ¡Más tiempo!
Tiempo para organizar elecciones. Tiempo para reunir una Asamblea Constituyente. Tiempo para resolver la cuestión agraria. Tiempo para reorganizar el ejército. Tiempo para reconstruir la economía.
Mientras tanto, millones de personas consideraban insoportables hoy los problemas que el Gobierno prometía resolver mañana.
La guerra continuaba.
Los anarquistas estuvieron entre quienes rechazaron más rápidamente la idea de que la revolución hubiese concluido con la desaparición del zarismo. Atacaron al Gobierno Provisional, defendieron la continuación de la revolución social y reclamaron mayor poder para los soviets y otras organizaciones nacidas desde abajo.
Y aquí comenzó a producirse una coincidencia que terminaría siendo extraordinariamente peligrosa.
Porque otro movimiento político empezó a ocupar el mismo terreno. Lenin llega a una revolución que no hizo
Cuando Lenin regresó en abril tampoco llegó como dirigente de una revolución bolchevique. Los bolcheviques no habían hecho Febrero. No controlaban el Soviet de Petrogrado. No dirigían el movimiento campesino. No habían creado los comités de fábrica. No gobernaban las innumerables formas de autoorganización que aparecían por todo el país.
Lenin llegó delante de un acontecimiento que tenía que interpretar. Y comprendió muy rápidamente algunas de sus posibilidades.
Las Tesis de Abril, publicadas en Pravda a principios de ese mes, sorprendieron incluso dentro de su partido. Lenin rechazó el apoyo prolongado al Gobierno Provisional, insistió en continuar la revolución y formuló una consigna de una extraordinaria potencia:
«¡Todo el poder a los soviets!».
Para muchos anarquistas aquella fórmula podía sonar casi familiar.
Acabar con el Gobierno Provisional. Profundizar la revolución. Transferir la capacidad de decisión hacia organismos surgidos directamente de trabajadores y soldados.
Paz. Tierra. Control desde abajo.
En apariencia existía un terreno común considerable. Pero los mismos sonidos pueden contener significados diferentes.
Para muchos libertarios, los soviets constituían una de las estructuras mediante las cuales la sociedad empezase a gobernarse sin necesidad de construir un nuevo Estado separado del pueblo.
Para Lenin podían convertirse en el instrumento político mediante el cual conquistar el poder y comenzar a construir un nuevo orden revolucionario.
La diferencia todavía podía parecer pequeña … en las palabras; pero era gigantesca en los hechos.
Los bolcheviques no habían inventado el deseo de paz. No habían inventado el hambre de tierra. No habían inventado los soviets. No habían inventado los comités de fábrica.
Pero demostraron una capacidad excepcional para recoger demandas nacidas en lugares diferentes, reducirlas a unas pocas consignas inteligibles, imprimirlas, repetirlas, organizarlas y devolverlas a la sociedad convertidas en programa político.
¡También una revolución se hace con imprentas!
Una corriente dispersa puede producir centenares de proclamas diferentes. Una organización dotada de recursos, periódicos, militantes y disciplina puede repetir una misma idea cientos de miles de veces.
Eso también es poder. Una consigna no se vuelve influyente únicamente porque sea buena. Tiene que llegar a la gente. Y volver a llegar mañana.
Dos maneras de desconfiar del poder
Aquí empieza a aparecer la diferencia fundamental.
Los bolcheviques desconfiaban del poder existente porque querían sustituirlo. Los anarquistas desconfiaban del poder porque desconfiaban también del que pudiera sustituirlo.
Durante un tiempo ambas posiciones podían marchar juntas. Pero no iban al mismo lugar.
Lenin podía preguntarse: ¿Cómo conquistamos el poder?
Los anarquistas tenían que responder una pregunta bastante más difícil:
¿Cómo impedimos que vuelva a existir un poder separado y, simultáneamente, conseguimos que millones de personas produzcan, distribuyan alimentos, coordinen ferrocarriles, organicen ciudades, resuelvan conflictos y defiendan la revolución frente a quienes intenten destruirla?
Los anarquistas poseían respuestas. Federación. Autonomía. Delegados revocables. Sindicatos. Comunas. Asociaciones libres.
Pero no todos entendían esas respuestas del mismo modo y, sobre todo, no habían construido una estructura común, una organización, capaz de aplicarlas a la escala de Rusia.
Aquí debemos evitar una crítica demasiado fácil. Los peligros que temían eran reales.
La historia posterior demostraría hasta qué punto una organización revolucionaria podía convertirse en un poder autónomo, crear una nueva burocracia y terminar gobernando sobre quienes decía representar.
Bakunin había advertido mucho antes acerca de esa posibilidad.
Pero pensar o escribir sobre un peligro no elimina necesariamente el problema que hacía aparecer ese peligro.
Y una revolución necesitaba coordinación y organización y, en momentos críticos, alguna capacidad efectiva de dirección.
El extraño aprendizaje de 1917
Aquí empieza a separarse nuestra interpretación de los relatos más difundidos entre los autores.
La historiografía bolchevique convirtió con demasiada facilidad a los anarquistas en irresponsables, delincuentes, terroristas, aventureros o simples obstáculos para la revolución.
Una parte de la historiografía libertaria construyó después la imagen contraria: una revolución espontáneamente libertaria, con la participación activa de muchos anarquistas, que habría sido apropiada, de manera súbita, y finalmente capturada por los bolcheviques.
Ambas explicaciones contienen fragmentos de realidad. Ninguna basta.
Los anarquistas fueron reprimidos posteriormente y aquella represión deberá estudiarse sin maquillarla. Pero antes de ser reprimidos tuvieron una oportunidad histórica extraordinaria.
Y necesitamos saber qué hicieron con ella.
No basta decir que eran pocos. No basta decir que estaban desorganizados. No basta decir que Lenin los derrotó.
Debemos preguntar por qué, precisamente cuando aparecían tantas formas sociales compatibles con sus ideas, no consiguieron convertirse en una fuerza capaz de darles una dirección propia sin destruir aquello que las hacía libertarias.
Aquí aparece una posibilidad incómoda.
Tal vez algunas de las características que constituían la fuerza moral del anarquismo producían simultáneamente dificultades políticas.
Su rechazo de la jerarquía dificultaba la aparición de dirigentes permanentes, con intenciones autocráticas, pero hacía, tanto más difícil, dirigir, planificar y coordinar grandes organizaciones.
Su defensa de la autonomía impedía que una dirección impusiera fácilmente su voluntad, pero dificultaba imponer una estrategia común incluso cuando el peligro exigía actuar conjuntamente, sin dilaciones, de manera eficaz. Cuando no quedaba tiempo para asambleas y análisis multitudinarios.
Su confianza en la iniciativa popular permitía reconocer capacidades que los partidos centralizados podían despreciar.
Pero contenía otra tentación mucho más peligrosa: suponer que la espontaneidad capaz de destruir una institución produciría también espontáneamente la estrategia necesaria para impedir que otro actor organizado ocupase su lugar.
Una sociedad puede improvisar magníficamente la destrucción de un poder. No se deduce de ello que pueda improvisar con igual facilidad su defensa frente al siguiente.
Y entonces llegó Julio.
Julio: la revolución corre delante de sus dirigentes
Las Jornadas de Julio constituyen probablemente el mejor laboratorio de todo este período.
Petrogrado estaba extraordinariamente radicalizado. Soldados, trabajadores y marineros armados podían poner en grave peligro al Gobierno Provisional.
Entre los agitadores que impulsaron al Primer Regimiento de Ametralladoras encontramos tanto bolcheviques como anarquistas. Militantes libertarios, bolcheviques de base, sectores de la Organización Militar del partido y marineros de Kronstadt empujaban hacia una acción que parecía poder convertirse en insurrección.
Por un momento la calle corrió más deprisa que los dirigentes.
Y aquí aparece Ilya Bleichman.
Su confianza en que la propia calle produciría la organización necesaria parece condensar casi caricaturescamente una determinada concepción revolucionaria. Las masas habían salido armadas. El Gobierno estaba debilitado. Había llegado la acción.
¿Para hacer exactamente qué? Ése era el problema. La multitud podía recorrer Petrogrado, amenazar al Gobierno, presionar al Soviet, ocupar edificios. Pero después había que decidir qué objetivo político tenía aquella fuerza y quién debía tomar las decisiones siguientes.
Lenin llegó a una conclusión diferente. No pensó solamente en si Petrogrado podía ser conquistado. Se preguntó si podía ser conservado ¡Ésa es una diferencia enorme!
En aquel momento los bolcheviques todavía no poseían una posición suficientemente sólida en Moscú y en otros centros importantes. Una insurrección victoriosa en Petrogrado podía terminar aislando la capital revolucionaria frente al ejército y las provincias. Lenin tenía presente el destino de la Comuna de París: una capital revolucionaria asediada y finalmente destruida por fuerzas procedentes del resto del país.
Por eso frenó. No porque rechazara la conquista del poder. Precisamente porque quería conquistarlo. Y quería conservarlo después.
Julio fue así algo semejante a un ensayo general que Lenin decidió no convertir todavía en revolución.
La fuerza podía bastar para derribar al Gobierno en Petrogrado. No bastaba para sobrevivir al día siguiente.
Esta escena merece detenernos porque muestra dos concepciones extraordinariamente diferentes de la acción revolucionaria.
Los anarquistas más radicales podían empujar hacia adelante confiando en la iniciativa de la calle. Lenin pensaba en la correlación nacional de fuerzas.
Qué ocurriría en Moscú. Qué harían las provincias. Qué actitud adoptaría el ejército. Quién controlaría los soviets. Cuánto apoyo poseía realmente el partido.
Y si el poder conquistado podía conservarse.
Durante unos días, los anarquistas estuvieron incluso por delante de la dirección bolchevique. Por eso sería inexacto describirlos simplemente como seguidores de Lenin. La diferencia era más profunda. Podían contribuir a desencadenar una insurrección.
Lenin pertenecía a una organización capaz también de decidir cuándo una insurrección no debía producirse.
El partido podía avanzar. Podía retroceder. Podía modificar una consigna. Podía disciplinar a sus militantes. Podía esperar. Y después volver a intentarlo.
Esa capacidad no tiene nada de admirable por sí misma. Puede producir justamente la concentración de poder que los anarquistas temían.
Pero en una lucha política constituye una ventaja formidable.
El problema del día siguiente
Las Jornadas de Julio hacen visible algo que hasta entonces podía permanecer oculto detrás de discusiones doctrinales.
El problema del anarquismo no era simplemente que careciese de dirigentes famosos o de grandes recursos. Era algo más difícil.
¿Disponía de un mecanismo colectivo capaz de transformar fuerza social en estrategia sin dejar de ser anarquista?
No encontramos en aquellos meses un programa político nacional anarquista comparable al bolchevique. Encontramos grupos, periódicos, agitadores, influencia en determinados cuarteles, fábricas y sectores de Kronstadt. Encontramos iniciativas locales y una notable capacidad para incorporarse a movilizaciones radicales.
Pero resulta mucho más difícil encontrar un centro —y quizá utilizar la palabra «centro» ya expresa el problema— capaz de responder en nombre del movimiento: éste es el momento; éste es el objetivo; aquí debemos avanzar; aquí debemos esperar; éstas son nuestras condiciones para colaborar con otros; y esto haremos si mañana desaparece el Gobierno.
El problema puede ser incluso anterior a la organización.
Quizá el anarquismo había desarrollado una teoría extraordinariamente sofisticada de la dominación y una teoría bastante menos desarrollada del peligroso intervalo que comienza justamente cuando esa dominación se derrumba.
Porque destruir el poder no destruye los problemas que el poder administraba.
Las ciudades siguen necesitando alimentos. Las fábricas necesitan materias primas. Los ferrocarriles deben conectarse. Las regiones tienen que intercambiar productos. Los conflictos entre comunidades deben resolverse.
Una revolución necesita defenderse de sus enemigos.
Y si quienes destruyen el antiguo poder no encuentran una manera de resolver esas cuestiones, alguien más puede hacerlo.
Ésta es la pregunta que Julio deja abierta.
Maquiavelo entra silenciosamente en la revolución
Hay aquí una comparación que puede ayudarnos a comprender la diferencia sin necesidad de convertirla en una acusación moral.
Hannah Arendt llegó a considerar a Maquiavelo como una especie de «padre espiritual» de la revolución porque detrás de su pensamiento se encuentra constantemente el problema de fundar un nuevo orden.
Lenin conocía a Maquiavelo. Sabemos incluso que posteriormente utilizó en una comunicación privada una idea tomada de El príncipe. La influencia precisa que aquel autor ejerció sobre su pensamiento es difícil de medir, y no necesitamos afirmar que Lenin hubiera convertido conscientemente a Maquiavelo en su manual de 1917.
Nos basta observar una afinidad política extraordinaria.
Lenin piensa constantemente en términos de ocasión, correlación de fuerzas, conquista y conservación del poder. Y eso es justamente lo que observamos entre febrero y octubre.
No avanza simplemente porque la revolución avance. Calcula. Rectifica.
En abril empuja a su propio partido hacia una posición más radical. En julio contiene una insurrección que considera prematura.
Después de la derrota se esconde. Espera. Observa cómo cambia la relación de fuerzas.
Y cuando llega a la conclusión de que la oportunidad ha aparecido nuevamente, volverá a exigir la insurrección.
Desde esta perspectiva, el vacío de poder tiene dos significados completamente diferentes.
Para un anarquista puede ser una oportunidad de emancipación: la autoridad desaparece y la sociedad puede comenzar a organizarse desde abajo.
Para un político preocupado por la conquista del poder es también otra cosa: una oportunidad. Algo ha quedado disponible. Y si nadie lo ocupa, otro lo hará.
Aquí vuelve a aparecer aquella observación de Arendt: los revolucionarios no siempre derriban un poder sólido. Con frecuencia encuentran un poder que ya está cayendo y recogen sus fragmentos de la calle.
Febrero había llenado Rusia de fragmentos. Lenin aprendió a recogerlos.
Una coincidencia cada vez más peligrosa
La coincidencia entre anarquistas y bolcheviques contra el Gobierno Provisional podía parecer perfectamente lógica.
Para los primeros, aquel Gobierno representaba la continuidad del Estado burgués y constituía un obstáculo para que soviets, trabajadores, campesinos y comunidades avanzasen directamente hacia la revolución social.
Para Lenin también era un obstáculo. Pero por otra razón. Ocupaba el lugar que otro poder debía ocupar.
La coincidencia táctica ocultaba una incompatibilidad estratégica absoluta.
Los anarquistas podían imaginar que, desaparecido el Gobierno Provisional, el espacio quedaría abierto para soviets autónomos, comités de fábrica, organizaciones campesinas, sindicatos, comunas y federaciones.
Lenin pensaba inevitablemente en otra pregunta: ¿quién mandará después? Y tenía una respuesta.
Éste es uno de los puntos donde debemos evitar la interpretación simplificadora de una «revolución traicionada».
No porque posteriormente no hubiese traiciones, represiones o destrucción de organismos autónomos.
Las hubo y tendremos que estudiarlas. Pero esa explicación comienza demasiado tarde.
Antes de que los bolcheviques pudiesen reprimir a los anarquistas tuvieron que adquirir la capacidad de hacerlo. Y antes de adquirirla tuvieron que eliminarse otros centros de poder. Los anarquistas colaboraron activamente en la destrucción de uno de ellos: el Gobierno Provisional.
No fueron los únicos. Tampoco eran necesariamente ingenuos. Desde Bakunin conocían perfectamente el peligro de que un partido revolucionario convertido en Estado terminase gobernando sobre la propia revolución.
Ahí aparece una contradicción mucho más interesante que la simple falta de previsión.
El diagnóstico existía. Lo que faltaba era una estrategia equivalente para impedir que aquello que se había diagnosticado llegara a ocurrir.
Si los anarquistas se negaban a combatir al Gobierno Provisional, contribuían a conservar un Estado que consideraban burgués y contrario a la revolución social.
Si colaboraban con los bolcheviques para destruirlo, contribuían a eliminar uno de los últimos obstáculos que todavía impedían a aquella organización conquistar el poder.
Necesitaban una tercera posibilidad: derribar el Gobierno sin entregar el espacio resultante a ningún nuevo poder central.
Ése era justamente su proyecto. Pero una cosa es formularlo doctrinalmente y otra poseer la capacidad política para realizarlo. La fuerza y la debilidad pueden proceder del mismo lugar
Aquí empezamos a comprender por qué este capítulo no debe terminar con una simple acusación.
Los anarquistas habían visto algo que los bolcheviques no querían ver o no consideraban un peligro: quienes reciben autoridad para hacer la revolución pueden terminar utilizándola para gobernar a los propios revolucionarios.
La organización puede independizarse de quienes la crearon. Los dirigentes pueden convertirse en una nueva élite. El instrumento puede terminar dominando al proyecto. Era una advertencia extraordinariamente seria.
Pero los bolcheviques habían comprendido otro peligro: una revolución que no construye suficiente capacidad para defenderse puede ser derrotada por quienes sí la construyen.
Los dos problemas son reales. Ahí está el dilema.
Los anarquistas evitaban construir aquello que temían. Y justamente por evitarlo podían quedar en inferioridad frente a quienes no compartían ese temor.
Su mayor fortaleza moral podía convertirse en una debilidad política. Su desconfianza hacia el poder dificultaba que ellos mismos se transformasen en un nuevo poder.
Su defensa de la autonomía dificultaba imponer una estrategia común. Su rechazo de la jerarquía disminuía el peligro de crear dirigentes permanentes, pero complicaba la coordinación de grandes organizaciones.
Y su confianza en la espontaneidad popular permitía reconocer capacidades reales de autoorganización, pero podía inducirlos a trasladar indebidamente esa confianza hacia otro terreno completamente distinto: la estrategia política.
La sociedad podía producir espontáneamente organismos nuevos. No se deduce de ello que esos organismos pudiesen espontáneamente impedir que una minoría mucho mejor organizada los dominase.
Una multitud puede hacer caer una puerta. No necesariamente sabe qué hacer con la casa después de haber entrado.
El umbral
Entre julio y octubre la situación cambió.
Los bolcheviques aumentaron su influencia. Crecieron en los soviets. Mejoraron su posición en Moscú y Petrogrado. La crisis del Gobierno continuó. El fracasado episodio Kornílov —percibido en Petrogrado como la amenaza de una restauración militar— debilitó todavía más a las fuerzas moderadas y proporcionó a los sectores revolucionarios una legitimidad que pocas semanas antes parecía perdida.
Lenin observó todos esos cambios.
El hombre que en julio había pensado que tomar Petrogrado podía significar repetir la tragedia de la Comuna comenzó a llegar a la conclusión contraria.
El tiempo había trabajado. La geografía política de la revolución se estaba modificando. En julio había frenado. Ahora empezaría a exigir que no se esperase demasiado.
Los anarquistas continuaban dentro de la revolución. Algunos habían estado incluso por delante de los bolcheviques durante las jornadas de julio. Volverían a combatir junto a ellos contra quienes defendían al Gobierno Provisional. Estaban presentes en fábricas, cuarteles, Kronstadt y diversas organizaciones revolucionarias.
No habían desaparecido. Pero tampoco habían resuelto el problema que Febrero había colocado delante de ellos. Habían esperado durante décadas el derrumbe del Estado. El Estado se había derrumbado.
Habían confiado en la capacidad de la sociedad para organizarse desde abajo. La sociedad había demostrado una extraordinaria capacidad para hacerlo.
Habían advertido que un partido revolucionario podía convertirse en un nuevo poder opresivo. Delante de ellos crecía precisamente un partido dispuesto a conquistar el poder.
Y sin embargo seguían sin disponer de una estrategia común capaz de impedirlo sin reconstruir, ellos mismos, aquello que habían dedicado medio siglo a combatir.
En las vísperas de Octubre esta contradicción había dejado de ser una discusión filosófica. Estaba a punto de convertirse en historia.
Porque el problema ya no era derribar al zar. Ni siquiera derribar al Gobierno Provisional. El problema era quién recogería finalmente los fragmentos del poder que Febrero había dejado esparcidos por las calles.
Los bolcheviques tenían una respuesta.
Los anarquistas seguían buscando la suya.
Carolus Brigantinus Barbatus
Septiembre 2026