El anarquismo fue una doctrina europea, pero en ningún gran país de Europa occidental consiguió arraigar con la profundidad y persistencia que alcanzó en España. Proudhon era francés; Bakunin y Kropotkin, rusos; Malatesta, italiano. Sin embargo, fue en España donde aquellas ideas dejaron de pertenecer principalmente a pequeños círculos de intelectuales y militantes para alimentar durante décadas un movimiento obrero de masas.
La particularidad española no consistió en haber producido una teoría anarquista completamente diferente. Consistió en algo quizá más importante para nuestro propósito: España sometió las ideas anarquistas a la prueba de la realidad.
Durante aproximadamente setenta años, desde la llegada de las ideas internacionalistas hasta la Guerra Civil, los libertarios españoles ensayaron casi todas las formas imaginables de acción política sin partido: propaganda, educación popular, cooperativismo, sindicalismo, huelga general, insurrección, atentado individual, organización clandestina, organización de masas, milicias, colectivización económica y, finalmente, participación en gobiernos.
España fue, en ese sentido, un gigantesco laboratorio.
Pero un laboratorio no sirve únicamente para comprobar si algo funciona. Sirve también para descubrir cómo funciona, hasta dónde funciona y en qué condiciones deja de hacerlo.
Ésa será nuestra pregunta.
El anarquismo español consiguió construir una extraordinaria red de organizaciones. Sindicatos, ateneos, escuelas, periódicos, editoriales, cooperativas y grupos de afinidad crearon algo que sería insuficiente describir simplemente como una ideología. Constituían una verdadera ecología social libertaria, capaz de educar, socializar, movilizar y organizar a cientos de miles de personas. El periódico producía interpretación política; la escuela, cultura; el ateneo, sociabilidad; el sindicato, organización; el grupo de afinidad, militantes.
Por tanto, sería completamente equivocado explicar su fracaso posterior afirmando que los anarquistas eran incapaces de organizarse. Precisamente la existencia y la potencia de la CNT demuestran lo contrario.
El problema que tendremos que investigar es más preciso.
¿Por qué una extraordinaria capacidad de organización y movilización social se convirtió tan pocas veces en capacidad política acumulativa?
Por capacidad política acumulativa entenderemos provisionalmente algo bastante sencillo: la capacidad de una organización para convertir recursos dispersos —militantes, armas, sindicatos, fábricas, territorio, información, prestigio— en decisiones generales y vinculantes; conservar esos recursos; coordinarlos durante un tiempo prolongado y utilizarlos para garantizar la supervivencia de las instituciones que ha creado.
La distinción será importante porque una revolución puede demostrar una formidable capacidad constituyente —crear instituciones nuevas— y carecer, sin embargo, de suficiente capacidad de supervivencia para conservarlas.
España nos permitirá observar ambas cosas.
Antes de las organizaciones estaban las ideas
Contar la historia del anarquismo español como una sucesión de siglas sería relativamente sencillo: Federación Regional Española, FTRE, Solidaridad Obrera, CNT, FAI, Juventudes Libertarias…
Pero sería también engañoso.
Detrás de esas organizaciones existieron personas que entendieron de maneras diferentes qué significaba ser anarquista. No estaban de acuerdo acerca de la revolución, la violencia, el sindicato, la educación, la participación política, la organización ni siquiera sobre hasta qué punto podía estructurarse una organización libertaria sin reproducir dentro de ella la autoridad que pretendía combatir.
Por eso seguiremos inicialmente a algunas personas. No porque pensemos que ellas hicieron por sí solas la historia del anarquismo español, sino porque nos permiten transformar abstracciones en problemas concretos.
Nuestra secuencia será: personas → ideas → problemas.
Primero conoceremos brevemente al individuo; después veremos qué defendía y, finalmente, qué problema general del anarquismo permite observar.
Anselmo Lorenzo: convertir una doctrina extranjera en una cultura obrera
Anselmo Lorenzo (1841-1914) pertenece a la primera generación del anarquismo español. Tipógrafo madrileño, conoció a Giuseppe Fanelli cuando éste llegó a España en 1868 enviado por Bakunin y participó en la constitución de la sección española de la Internacional.
Su importancia no reside tanto en haber creado una teoría original como en haber contribuido a traducir el internacionalismo bakuninista a la realidad social española.
Lorenzo representa una característica que posteriormente resultará decisiva. El anarquismo español no se construyó solamente mediante libros. Se transmitió a través de relaciones personales, periódicos, asociaciones obreras, reuniones, sindicatos y una intensa actividad pedagógica.
La revolución no debía comenzar necesariamente con la conquista del Estado. Podía empezar construyendo, dentro de la sociedad existente, otra cultura y otras formas de sociabilidad.
Aquí aparece ya una primera diferencia con la tradición revolucionaria que desembocará en el bolchevismo.
Para Lenin, el problema fundamental terminará siendo cómo construir una organización capaz de conquistar el poder político. Para buena parte del anarquismo español, el problema será cómo construir una sociedad capaz de prescindir de él.
La diferencia parece teórica. Décadas después se convertirá en una diferencia práctica gigantesca.
Ricardo Mella: el anarquismo contra su propio dogmatismo
Ricardo Mella (1861-1925) introduce otra tradición. Topógrafo de profesión, escritor extraordinariamente prolífico y uno de los pensadores libertarios españoles de mayor originalidad, representa un anarquismo menos dispuesto a convertir sus propias doctrinas en certezas definitivas.
Mella desconfiaba del dogma, incluso cuando el dogma era anarquista.
Su importancia para nosotros reside precisamente ahí. Una doctrina nacida para combatir la autoridad podía terminar creando también sus ortodoxias, sus vocabularios obligatorios y sus mecanismos informales de exclusión.
El problema es general.
Una organización puede abolir los cargos permanentes y continuar produciendo dirigentes. Puede negar teóricamente la jerarquía y generar jerarquías de prestigio. Puede declarar iguales a todos sus miembros y descubrir después que determinadas personas poseen mucha mayor capacidad para determinar las decisiones colectivas.
La autoridad formal no es la única forma de poder.
Esta observación será especialmente importante cuando lleguemos a la CNT y a la FAI. La ausencia de una jerarquía burocrática claramente definida no significará ausencia de liderazgo. Figuras como Salvador Seguí, Buenaventura Durruti, Federica Montseny o Juan García Oliver adquirirán una influencia extraordinaria.
Incluso podría producirse una paradoja: la hostilidad hacia las jerarquías formales puede aumentar la importancia de las jerarquías informales, porque el poder continúa existiendo pero resulta más difícil determinar exactamente dónde se encuentra.
Ferrer Guardia: hacer la revolución antes de la revolución
Francisco Ferrer Guardia (1859-1909) desplaza el problema hacia otro lugar: la educación.
Fundador de la Escuela Moderna, Ferrer consideraba que una sociedad autoritaria se reproducía también mediante instituciones que enseñaban obediencia. No bastaba, por tanto, con modificar la propiedad o destruir el Estado. Había que transformar a los individuos.
La educación libertaria debía ser racionalista, laica, integral y contraria a la imposición dogmática.
Esta dimensión explica una característica fundamental del anarquismo español que a menudo desaparece detrás de las imágenes de pistolas, bombas y barricadas. El movimiento libertario dedicó enormes energías a construir instituciones.
Escuelas racionalistas, bibliotecas, ateneos, grupos culturales y publicaciones intentaban producir anticipadamente el tipo humano que debería habitar la sociedad futura.
La revolución podía comenzar mucho antes de tomar una fábrica o levantar una barricada.
Y aquí aparece una idea que necesitaremos después: el anarquismo español sabía crear instituciones alternativas.
Cuando llegue 1936 no partiremos, por tanto, de una doctrina puramente destructiva. Existirá detrás una larga tradición de experimentación institucional.
La dificultad aparecerá en otra escala.
El sindicato: ¿instrumento o sociedad futura?
Con el crecimiento del movimiento obrero, la pregunta cambió.
Ya no bastaba con educar y propagar ideas. Había que organizar centenares de miles de trabajadores.
La CNT, fundada en 1910, terminó proporcionando al anarquismo español algo que pocos movimientos libertarios consiguieron en otros países: una organización de masas.
Y precisamente por eso hizo aparecer una contradicción.
Cuanto mayor era la organización, mayor era la necesidad de coordinación. Cuanto mayor era la coordinación, mayor era la posibilidad de producir dirigentes. Y cuanto más eficaz debía ser una organización enfrentada a empresarios, gobiernos, policías y otras organizaciones políticas, más difícil resultaba evitar completamente la disciplina.
Salvador Seguí: construir fuerza antes de utilizarla
Salvador Seguí, el Noi del Sucre (1887-1923), representa una de las respuestas más interesantes.
Pintor de profesión, gran orador y dirigente sindical catalán, Seguí comprendió que una organización revolucionaria no podía vivir permanentemente en estado de insurrección.
El sindicato tenía que acumular fuerza.
La huelga de La Canadiense de 1919 mostró precisamente la capacidad que podía alcanzar una organización obrera disciplinada, extendida territorialmente y capaz de coordinar sectores diferentes.
Aquí comienza a aparecer nuestra variable fundamental.
La fuerza política no consiste solamente en cuántas personas están dispuestas a combatir. Consiste también en organizar, conservar y utilizar esa capacidad en el momento adecuado.
Seguí representa así una tradición sindicalista que desconfiaba del voluntarismo revolucionario. Una insurrección protagonizada por una minoría decidida podía producir heroísmo; no necesariamente una revolución.
Su asesinato en Barcelona en 1923 privó al movimiento de una de sus figuras más capaces precisamente cuando comenzaba una etapa de clandestinidad, violencia y dictadura.
Pestaña y Peiró: cuando organizar obliga a decidir
Ángel Pestaña (1886-1937) llevó todavía más lejos aquella preocupación.
Obrero relojero, dirigente de la CNT y posteriormente uno de los principales representantes del llamado treintismo, Pestaña comenzó a plantearse una pregunta peligrosa para un anarquista:
¿qué ocurre cuando algunas funciones políticas resultan inevitables?
El problema estalló durante la Segunda República.
En agosto de 1931, treinta destacados militantes cenetistas publicaron el posteriormente célebre Manifiesto de los Treinta. Su discrepancia con los sectores insurreccionales no consistía simplemente en ser más moderados.
Había detrás una teoría de la revolución.
Una revolución no podía fabricarse a voluntad mediante una sucesión de insurrecciones protagonizadas por minorías activas. Necesitaba condiciones sociales, preparación, organización y una fuerza popular suficientemente desarrollada para sostener las transformaciones que pretendía realizar.
La diferencia era enorme.
Para unos, la acción revolucionaria podía producir las condiciones revolucionarias.
Para los treintistas, una revolución prematura podía consumir precisamente las fuerzas que serían necesarias para realizarla.
Joan Peiró (1887-1942), vidriero, sindicalista y cooperativista, planteaba el mismo problema desde otro ángulo.
Una fábrica autogestionada continuaba necesitando comprar materias primas, vender productos, llevar cuentas, distribuir tareas, coordinar trabajadores y adoptar decisiones.
Eliminar al propietario no eliminaba las funciones que anteriormente ejercía la dirección.
Podían socializarse. Podían democratizarse. Podía hacerse revocable a quien las ejerciera. Pero difícilmente podían desaparecer.
Aquí encontramos una distinción fundamental para toda nuestra investigación:
autoridad como dominación no es necesariamente lo mismo que coordinación como función.
La dificultad consiste en impedir que la segunda vuelva a transformarse en la primera.
Durruti y García Oliver: la revolución no puede esperar eternamente
En el otro extremo aparecieron militantes que desconfiaban de una preparación que pudiera convertirse indefinidamente en espera.
Buenaventura Durruti (1896-1936), mecánico, pistolero, exiliado, conspirador y posteriormente jefe de una de las columnas más famosas de la Guerra Civil, terminó convertido en la figura mítica por excelencia del anarquismo español.
Su trayectoria representa la revolución entendida primordialmente como acción.
Pero reducir a Durruti a violencia sería injusto. Su importancia procede precisamente de la combinación entre acción directa, prestigio personal, capacidad de movilización y una concepción moral extremadamente exigente del compromiso revolucionario.
Y vuelve a aparecer nuestra paradoja.
El anarquismo combatía la autoridad formal, pero podía producir autoridades carismáticas extraordinariamente poderosas.
Durruti no necesitaba un ministerio ni una secretaría general para que miles de personas reconocieran su liderazgo.
Juan García Oliver (1902-1980) resulta todavía más importante para nuestro problema.
Camarero, militante de los grupos de acción, miembro de Los Solidarios y posteriormente de la FAI, García Oliver perteneció al sector que consideraba necesario preparar activamente la insurrección.
Pero su trayectoria contiene una ironía histórica extraordinaria.
El hombre que había pensado durante años cómo destruir el poder terminaría siendo ministro de Justicia del Gobierno de la República.
Entre ambos momentos se encuentra casi todo nuestro problema.
García Oliver nos permite preguntar algo que volverá continuamente:
¿qué hace un revolucionario antiestatal cuando descubre que posee poder efectivo?
Federica Montseny: cuando el Estado entra por la puerta que se quería cerrar
Federica Montseny (1905-1994) aporta otra dimensión.
Procedente de una familia profundamente integrada en la cultura libertaria —sus padres fueron Federico Urales y Soledad Gustavo—, escritora, propagandista y una de las personalidades intelectuales más conocidas del anarquismo español, Montseny había defendido posiciones inequívocamente antiestatales.
En noviembre de 1936 entró en el Gobierno de Largo Caballero como ministra de Sanidad.
No estuvo sola. También entraron Juan García Oliver, Joan Peiró y Juan López.
El acontecimiento suele describirse como una contradicción doctrinal: anarquistas convertidos en ministros.
Lo era.
Pero para nosotros resulta más interesante considerarlo como síntoma de un problema estructural.
Los anarquistas no habían dejado súbitamente de ser anarquistas. Se encontraban ante una guerra, necesitaban coordinar recursos, mantener alianzas, combatir a un enemigo militar y relacionarse con instituciones que no habían desaparecido.
Las funciones del poder continuaban existiendo. La cuestión era quién las realizaría.
La República: cinco años de aprendizaje
Cuando se proclamó la Segunda República en abril de 1931, el anarquismo español no encontró simplemente un nuevo régimen político. Encontró un laboratorio.
Entre 1931 y julio de 1936 experimentó legalidad e ilegalidad, expansión sindical, represión, insurrecciones fallidas, divisiones internas, abstencionismo electoral, crecimiento de la derecha, alianzas obreras y revolución.
Por eso los anarquistas que llegaron a julio de 1936 no llegaban vírgenes al problema del poder.
Habían tenido cinco años para aprender.
Fígols, Casas Viejas y las insurrecciones de comienzos de los años treinta mostraron repetidamente la enorme diferencia existente entre proclamar una revolución local y producir una revolución capaz de extenderse y sobrevivir.
Una localidad podía declarar el comunismo libertario. Podía abolir momentáneamente las instituciones anteriores. Podía incluso organizar de manera diferente la vida económica.
Pero alrededor continuaba existiendo un Estado.
Y el Estado poseía recursos que la localidad revolucionaria no poseía: comunicaciones, administración, fuerzas armadas, capacidad fiscal, información territorial y continuidad institucional.
El problema de escala empezaba a hacerse visible.
Asturias, 1934: el laboratorio intermedio
La revolución de octubre de 1934 introduce una variante extraordinariamente interesante.
Asturias fue excepcional porque allí se produjo una colaboración efectiva entre socialistas y anarcosindicalistas, a la que se incorporaron también los comunistas. La CNT asturiana desempeñó un papel importante, y en localidades como La Felguera aparecieron experiencias de clara orientación libertaria.
Por tanto, sería incorrecto afirmar que los anarquistas fueron políticamente irrelevantes.
Pero Asturias permite observar otra cosa.
Una organización puede aportar sindicatos, combatientes, experiencia insurreccional, control local y enorme energía revolucionaria sin controlar necesariamente la dirección política general del proceso.
Podríamos llamar a este fenómeno seguidismo involuntario.
Los anarquistas no seguían ideológicamente a los socialistas. Podían encontrarse muy lejos de ellos. Pero una vez incorporados a una acción revolucionaria común, si no poseían mecanismos equivalentes para convertir sus propios objetivos en decisiones generales, podían terminar proporcionando fuerza social a un proceso cuyo significado político sería definido en gran medida por otros.
Esto nos devuelve inevitablemente a Rusia.
Los anarquistas rusos habían participado en la erosión del Gobierno Provisional, en ocupaciones de fábricas, en experiencias de control obrero e incluso en la insurrección de Octubre.
Pero los bolcheviques poseían algo diferente.
Tenían una organización que llevaba años pensando cómo convertir una crisis revolucionaria en poder político.
Cuando el antiguo poder se derrumbó, no apareció simplemente un vacío. Había alguien preparado para ocuparlo.
Y esto permite establecer una secuencia que tendremos que comprobar cuidadosamente: Rusia 1917 → Asturias 1934 → Barcelona 1936.
No son situaciones equivalentes. Precisamente por eso la comparación resulta útil.
En Rusia los anarquistas participaron en una revolución cuya dirección terminó concentrándose en otra organización. En Asturias participaron en un movimiento revolucionario común donde la dirección política principal tampoco les pertenecía.
Barcelona proporcionaría una situación radicalmente distinta. Allí los anarquistas serían, durante un momento extraordinario, la fuerza predominante.
Si el problema reaparecía también entonces, ya no podría explicarse solamente porque otra organización hubiera llegado antes al poder.
Barcelona, julio de 1936: la pregunta que nunca debía llegar
El golpe militar de julio de 1936 fracasó en Barcelona.
Y su fracaso produjo una situación que pocas generaciones de anarquistas habían imaginado poder contemplar.
El aparato estatal quedó gravemente debilitado. Los trabajadores estaban armados. La CNT-FAI poseía una extraordinaria capacidad de movilización. Patrullas, comités y organizaciones obreras controlaban buena parte de la vida efectiva de la ciudad.
De pronto, décadas de teoría se convirtieron en una pregunta inmediata: ¿qué hacemos ahora?
Tomar formalmente el poder parecía negar todo aquello que el anarquismo había defendido. No tomarlo significaba permitir que continuaran existiendo instituciones políticas capaces de reconstruirse.
La alternativa era terrible porque ambas soluciones contenían una contradicción. Si la CNT instauraba su propio poder, ¿en qué se diferenciaría de la dictadura revolucionaria que había condenado en Rusia?
Pero si renunciaba a hacerlo, ¿quién adoptaría las decisiones generales que inevitablemente seguían siendo necesarias?
García Oliver defendió la posibilidad de «ir a por el todo». Otros dirigentes rechazaron esa solución.
No se implantó una dictadura anarquista. Se aceptó la coexistencia y posteriormente la colaboración con las instituciones republicanas.
La Generalitat continuó existiendo.
Y aquí comenzó un proceso decisivo.
El poder que la revolución había dispersado empezó lentamente a reagruparse.
Poder social y poder político
Éste es probablemente el punto donde debemos abandonar algunas imágenes demasiado sencillas.
En Barcelona los anarquistas tenían poder. Muchísimo poder.
Pero el poder no es una sustancia única.
Podemos distinguir al menos varias capacidades diferentes: tener combatientes; controlar calles; dirigir sindicatos; administrar fábricas; gestionar servicios; controlar territorios; formular objetivos generales; negociar con otras organizaciones; adoptar decisiones vinculantes; conservar esas decisiones en el tiempo.
Poseer algunas no significa poseer las demás.
Y quizá una de las grandes dificultades históricas del anarquismo consistió precisamente en confundir poder social con soberanía política.
La CNT podía paralizar Barcelona.
Eso no significaba necesariamente que pudiera gobernar Cataluña.
Podía administrar una fábrica. Eso no significaba que pudiera coordinar toda una economía de guerra.
Podía movilizar decenas de miles de militantes. Eso no significaba que pudiera transformar sus diferentes preferencias en una estrategia política común.
Y aquí reaparece la pluralidad que hemos observado en nuestros personajes.
Seguí, Pestaña, Peiró, Durruti, Montseny y García Oliver no representaban diferentes grados de fidelidad a una misma doctrina perfectamente definida.
Representaban respuestas diferentes a problemas para los cuales el anarquismo no había producido una solución consensuada.
Entrar en el gobierno
La participación gubernamental de la CNT fue consecuencia de ese dilema.
Primero en Cataluña y posteriormente en el Gobierno de la República, los anarquistas aceptaron cargos institucionales que pocos meses antes parecían incompatibles con sus principios.
Puede interpretarse simplemente como traición. Pero esa explicación explica muy poco.
Resulta mucho más interesante preguntar qué necesidad intentaban resolver.
La guerra exigía coordinación militar, abastecimiento, producción, transporte, relaciones exteriores y decisiones que afectaban simultáneamente a millones de personas.
Esas funciones no desaparecían porque se negara la legitimidad del Estado.
El anarquismo había pensado extraordinariamente bien cómo impedir que el poder se concentrara. Había pensado bastante menos cómo impedir que, si él renunciaba a concentrarlo, otro lo hiciera.
La entrada en el gobierno intentó resolver esa contradicción mediante participación. Pero participar no era lo mismo que controlar.
Un ministro anarquista podía ocupar un despacho gubernamental mientras organizaciones y aparatos que respondían a otras estrategias acumulaban poder en otros lugares. La paradoja era formidable.
El movimiento que había desconfiado siempre de las instituciones terminó entrando en ellas precisamente cuando esas instituciones comenzaban a reconstruir su capacidad frente a las organizaciones revolucionarias.
Aragón: construir no significa poder conservar
El Consejo de Aragón proporciona otra prueba.
En amplias zonas rurales se desarrollaron colectividades y nuevas formas de administración vinculadas al movimiento libertario. Independientemente de las enormes controversias posteriores acerca de su funcionamiento, demuestran algo que ya habíamos observado desde Ferrer y Peiró: los anarquistas podían construir instituciones. Podían organizar producción, distribución y administración.
Por tanto, la pregunta decisiva no es si eran capaces de crear orden.
La pregunta es otra: ¿podían proteger políticamente el orden que habían creado?
En agosto de 1937 las fuerzas republicanas mandadas por Enrique Líster disolvieron el Consejo de Aragón.
El episodio resulta crucial para nuestro análisis.
Una institución puede poseer legitimidad local, organizaciones, edificios, funcionarios, producción y apoyo social. Pero si su existencia depende de una correlación de fuerzas que no controla, su autonomía permanece condicionada.
Aquí debemos introducir otra distinción: capacidad constituyente no equivale a capacidad de supervivencia. Crear instituciones y garantizar su reproducción son problemas diferentes.
Mayo de 1937: cuando tener las calles ya no significa tener el poder
Los enfrentamientos de Barcelona en mayo de 1937 constituyen probablemente la prueba más dramática.
Otra vez aparecieron barricadas. Otra vez hubo trabajadores armados. Otra vez la CNT poseía una extraordinaria capacidad de movilización.
Pero la situación había cambiado profundamente desde julio de 1936.
El gobierno republicano y la Generalitat habían reconstruido instrumentos de autoridad. Los comunistas habían incrementado considerablemente su influencia. Las exigencias de la guerra favorecían centralización, disciplina y coordinación.
La CNT seguía siendo poderosa. Pero la pregunta era: ¿qué debía hacer con ese poder?
Los dirigentes anarquistas que participaban en las instituciones llamaron a sus propios militantes a cesar los combates. El episodio muestra una contradicción casi perfecta.
Una organización revolucionaria podía controlar parcialmente las calles y, sin embargo, carecer de una estrategia compartida acerca de qué hacer con ese control.
Podía ganar posiciones tácticas y perder capacidad estratégica. Podía tener hombres armados y no poseer una decisión política común.
Esto nos obliga a distinguir definitivamente dos cosas: energía revolucionaria y dirección política.
No son equivalentes.
Un patrón que empieza a repetirse
Ahora podemos mirar hacia atrás.
Rusia, Asturias, Barcelona y Aragón no constituyen una misma historia. Sus actores, circunstancias y correlaciones de fuerzas fueron diferentes.
Pero permiten formular una hipótesis comparativa.
Los movimientos anarquistas podían mostrar una extraordinaria capacidad para: movilizar; deslegitimar autoridades existentes; organizar trabajadores; combatir; crear instituciones locales; administrar empresas; experimentar formas nuevas de sociabilidad.
Sus mayores dificultades aparecían cuando esas capacidades tenían que convertirse en una voluntad política general capaz de mantenerse frente a otras voluntades políticas organizadas.
Rusia lo mostró frente a los bolcheviques.
Asturias lo mostró dentro de una alianza revolucionaria.
Barcelona lo mostró incluso cuando los anarquistas partían de una posición extraordinariamente favorable. Aragón mostró finalmente que construir una institución no garantizaba poder defenderla.
Éste es el punto donde nuestra investigación comienza a separarse de dos explicaciones tradicionales igualmente insuficientes.
Una afirma que el anarquismo fracasó simplemente porque era utópico, caótico e incapaz de organizar. Los hechos españoles contradicen esa caricatura.
La otra explica su derrota casi exclusivamente por la fuerza de sus enemigos: Estado republicano, comunistas, nacionalistas, potencias extranjeras, ejército franquista.
Todas esas fuerzas fueron reales y algunas extraordinariamente poderosas. Pero limitarse a enumerarlas deja sin responder precisamente nuestra pregunta.
Porque toda organización revolucionaria actúa en presencia de adversarios.
Una teoría política que aspire a transformar una sociedad tiene que resolver no solamente cómo quiere que funcione el mundo después de su victoria, sino cómo conseguirá que las instituciones que construye sobrevivan a quienes desean destruirlas.
La paradoja de la revolución libertaria
Quizá podamos formular ya provisionalmente el problema.
El anarquismo había identificado con extraordinaria claridad un peligro real: el poder tiende a autonomizarse de quienes lo crean.
Rusia proporcionó una demostración brutal. La organización construida para realizar la revolución podía terminar dominando a los propios revolucionarios. Pero España mostró el problema inverso. Impedir la concentración del poder puede dificultar también la acumulación de la capacidad necesaria para defender una revolución.
Ésa es la paradoja.
Demasiada concentración puede destruir la libertad que pretendía defenderse. Demasiada dispersión puede impedir defender las instituciones que hacen posible esa libertad.
No existe aquí una solución sencilla.
Pero sí aparece una conclusión histórica que nuestra investigación deberá seguir poniendo a prueba.
El problema fundamental del anarquismo español no fue la ausencia de organización. Fue la dificultad para construir una organización capaz simultáneamente de: decidir sin convertirse en soberana, coordinar sin burocratizarse, mandar cuando fuera imprescindible sin transformar el mando en dominación y acumular suficiente poder para impedir que otros actores políticamente más cohesionados se apropiaran de los resultados producidos por la movilización libertaria.
Ésta era una exigencia extraordinariamente difícil. Y quizá contenía una contradicción que el movimiento nunca consiguió resolver.
¿Quién se queda con la revolución?
Podemos formularlo todavía de otra manera.
En una revolución hay que distinguir entre quienes proporcionan la energía social y quienes consiguen apropiarse políticamente de ella.
¿Quién moviliza? ¿Quién combate? ¿Quién controla el territorio? ¿Quién administra? ¿Quién formula los objetivos? ¿Quién negocia?¿Quién adopta las decisiones generales? Y, sobre todo: ¿quién queda en condiciones de decidir al día siguiente de la victoria?
Los anarquistas españoles llegaron extraordinariamente lejos en las primeras preguntas. Tropezaron repetidamente con las últimas. Por eso España constituye una prueba mucho más importante para el anarquismo que cualquier discusión puramente filosófica.
Aquí la pregunta dejó de ser si una sociedad sin autoridad era imaginable. Durante algunos meses, en determinados lugares, cientos de miles de personas intentaron efectivamente construirla.
El experimento produjo sindicatos gigantescos, colectividades, fábricas autogestionadas, milicias, escuelas, ateneos, comités y nuevas formas de organización social.
No produjo caos. Produjo algo bastante más interesante.Produjo orden libertario, pero no consiguió convertir ese orden en una estructura política suficientemente acumulativa para garantizar su duración.
Y ésa puede ser la enseñanza más incómoda del laboratorio español.
Los anarquistas habían comprendido que destruir el Estado no bastaba para destruir el poder. Lo que quizá comprendieron demasiado tarde fue la proposición inversa: renunciar al Estado tampoco significaba que los demás renunciaran al poder.
El vacío político nunca permanece vacío durante mucho tiempo. Alguien termina ocupándolo.
Y cuando eso ocurre, quienes han proporcionado una parte sustancial de la energía de una revolución pueden descubrir que no son necesariamente quienes decidirán qué hacer con ella.
Carolus Brigantinus Barbatus
Septiembre 2026