Antoine de Saint Exupery

"La perfección se consigue, no cuando no hay nada más que añadir, sino cuando no hay nada más que quitar."

20 oct 2026

HISTORIA NATURAL del ANARQUISMO. SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO 11. COLOFÓN: EL ANARQUISMO COMO INSTRUMENTO CRÍTICO. Una doble contraprueba de la autoridad

Quizá podamos extraer de todo este recorrido una última propuesta metodológica.


A lo largo de estas páginas hemos tratado el anarquismo como una doctrina que pretende sustituir determinadas formas de autoridad y, en último término, construir una sociedad capaz de prescindir del Estado. Nuestro análisis nos ha llevado a dudar seriamente de que las soluciones propuestas por las dos grandes familias anarquistas puedan constituir, en las condiciones conocidas, una alternativa completa y estable para las sociedades complejas contemporáneas.


Pero de esta conclusión no se desprende que el anarquismo haya perdido su utilidad.


Podemos separar las respuestas anarquistas de las preguntas anarquistas.


No necesitamos aceptar la abolición del Estado para preguntarnos, con los anarcosocialistas, cuándo una relación económica deja de ser cooperación para convertirse en dominación; cuándo la propiedad permite acumular un poder capaz de condicionar la libertad de otros; por qué determinadas jerarquías deben considerarse necesarias; o hasta qué punto una organización política puede concentrar poder sin terminar desarrollando intereses propios.


Tampoco necesitamos aceptar una sociedad anarcocapitalista para preguntarnos, con los autores de esta segunda familia, por qué determinadas actividades deben constituir monopolios estatales; qué justifica obligar a financiar colectivamente un servicio; qué funciones podrían realizar asociaciones voluntarias; cuándo una regulación protege realmente a los ciudadanos y cuándo protege a quienes ya ocupan posiciones privilegiadas; o por qué debemos presumir que una decisión política es preferible a una decisión descentralizada.


Las dos críticas proceden de lugares diferentes y con frecuencia conducen a respuestas incompatibles. Precisamente por eso pueden resultar especialmente útiles si las empleamos conjuntamente.


Podemos convertirlas en una especie de doble contraprueba de la autoridad.


Ante cualquier institución, regulación o nueva función estatal podríamos formular sucesivamente dos grupos de preguntas.


Desde la tradición anarcosocialista: ¿quién adquiere poder?, ¿quién queda sometido a él?, ¿qué desigualdades produce o reproduce?, ¿qué posibilidades reales tiene el individuo de resistirse a esa relación?


Desde la tradición anarcocapitalista: ¿por qué esta actividad necesita coerción?, ¿podría realizarse mediante acuerdos voluntarios?, ¿por qué debe existir un proveedor monopolístico?, ¿quién paga aunque no quiera hacerlo y qué justificación existe para obligarlo?


Ninguno de los dos interrogatorios proporciona por sí mismo la respuesta correcta. Ésa es precisamente la utilidad del procedimiento.


Si una institución supera únicamente el primero, todavía debe enfrentarse al segundo. Una política destinada a disminuir una desigualdad puede hacerlo aumentando innecesariamente la coerción. Y una institución basada formalmente en contratos voluntarios puede producir concentraciones de poder privado capaces de reducir gravemente la libertad efectiva de quienes participan en ellos.


Las dos familias anarquistas funcionarían así como correctivos recíprocos.


El anarcosocialismo obliga al anarcocapitalismo a preguntarse si toda relación voluntariamente aceptada es por ello una relación entre iguales. El anarcocapitalismo obliga al anarcosocialismo a preguntarse si toda finalidad socialmente deseable justifica la utilización de la coerción colectiva.


Y ambos obligan al Estado a responder una pregunta que ninguna institución debería poder evitar simplemente alegando que actúa en nombre del interés general:


¿por qué es necesaria esta autoridad concreta?


Ésta podría ser una utilización contemporánea del pensamiento anarquista que no exige creer en la posibilidad inmediata de una sociedad anarquista.


En lugar de utilizar el anarquismo exclusivamente como programa de sustitución del Estado, podemos utilizarlo como método permanente de examen de la autoridad.


La inversión es importante. Ya no corresponde al crítico demostrar previamente que puede construir una sociedad completa sin Estado para tener derecho a cuestionar una determinada forma de poder. Corresponde a quien reclama autoridad explicar por qué esa autoridad es necesaria, qué problema resuelve, por qué no existe una solución menos coercitiva y qué mecanismos impiden que el poder concedido para resolver aquel problema sea utilizado para otros fines.


Esto tampoco establece una presunción absoluta contra el Estado. Nuestra propia investigación ha mostrado que existen problemas colectivos para los cuales las alternativas conocidas resultan insuficientes. Si después del examen encontramos que una determinada autoridad es necesaria para realizar una función que difícilmente podría garantizarse de otro modo, habremos encontrado una justificación para esa autoridad.


Pero será una justificación provisional y concreta, no un cheque en blanco.


Quizá ésta sea, finalmente, una manera de conservar lo más fértil del anarquismo sin necesidad de aceptar aquello que nuestra investigación ha encontrado menos convincente.


Podemos abandonar la esperanza de que la desaparición de toda autoridad resuelva por sí misma los problemas de la organización social y conservar, al mismo tiempo, la sospecha anarquista de que ninguna autoridad debe quedar dispensada de justificar su existencia.


De esta manera, las dos familias anarquistas dejan de ser solamente proyectos rivales de una sociedad futura. Se convierten también en dos instrumentos intelectuales con los que examinar críticamente la sociedad presente.


Comenzamos preguntándonos si era posible construir un mundo sin autoridad. No hemos encontrado razones suficientes para pensar que ese mundo constituya hoy una alternativa practicable a las sociedades estatales. Pero nuestra búsqueda no ha sido inútil. Hemos encontrado dos tradiciones intelectuales que, desde posiciones casi opuestas, nos proporcionan instrumentos para interrogar cualquier pretensión de autoridad.


Quizá el legado más útil del anarquismo no consista hoy en enseñarnos cómo abolir el Estado, sino en impedir que dejemos de preguntarnos por qué debemos obedecerlo.


FINAL


Carolus Brigantinus Barbatus

Septiembre 2026

Barcelona

http://anarquismominimalista.blogspot.com


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