Antoine de Saint Exupery

"La perfección se consigue, no cuando no hay nada más que añadir, sino cuando no hay nada más que quitar."

15 oct 2026

HISTORIA NATURAL del ANARQUISMO. SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO 10. La construcción de un mundo sin autoridad. EL ESTADO COMO PROBLEMA

1. Una conclusión inesperada


Durante buena parte de este libro hemos formulado una pregunta aparentemente sencilla: ¿puede existir una sociedad sin autoridad?


La pregunta procedía naturalmente del objeto que estábamos estudiando. Desde Proudhon y Bakunin hasta Kropotkin y Malatesta, y desde una tradición completamente diferente desde Rothbard hasta los defensores contemporáneos del anarcocapitalismo, encontramos una misma sospecha fundamental: el Estado no constituye una necesidad natural de la vida social. Es una construcción histórica que concentra poder, impone decisiones mediante la coerción y reclama para sí funciones que los individuos o sus asociaciones podrían realizar voluntariamente.


Las dos grandes familias anarquistas discrepan radicalmente acerca de la propiedad, la igualdad, el mercado y la organización económica, pero coinciden en algo fundamental: una sociedad podría organizarse sin una autoridad política situada por encima de sus miembros.


Decidimos tomar en serio esa afirmación.


No preguntamos si el anarquismo nos resultaba atractivo. Tampoco si sus intenciones eran moralmente encomiables. Preguntamos algo mucho más incómodo: ¿funcionaría?


Para averiguarlo sometimos sus propuestas a un test de resistencia. Una sociedad sin autoridad tendría que resolver, entre otros, los problemas de seguridad, propiedad, resolución de conflictos, bienes colectivos, desigualdad, concentración del poder, defensa exterior, grandes crisis y reproducción institucional. No exigíamos al anarquismo que resolviera todos los problemas humanos. Ningún sistema político lo ha conseguido. Exigíamos solamente que explicara cómo resolvería aquellos problemas que reaparecerían después de haber eliminado al Estado.


El resultado fue inesperado. A medida que retirábamos al Estado, sus funciones reaparecían.


Podíamos eliminar la policía, pero no la necesidad de proteger a las personas frente a la violencia. Podíamos eliminar los tribunales estatales, pero no los conflictos ni la necesidad de resolverlos. Podíamos abolir las leyes, pero no las normas. Podíamos eliminar los impuestos, pero no los costes de los bienes colectivos. Podíamos abolir los ejércitos, pero no la posibilidad de una agresión exterior. Podíamos eliminar el gobierno, pero no la necesidad de tomar determinadas decisiones que afectan simultáneamente a millones de personas.


Y cada vez que intentábamos resolver esos problemas aparecían nuevas organizaciones: comunas, federaciones, sindicatos, consejos, milicias, mutualidades, compañías de seguros, agencias de protección, tribunales privados o instituciones arbitrales.


El Estado desaparecía nominalmente. Sus funciones, no.


Éste fue el momento en que nuestra investigación cambió de dirección. Quizá habíamos formulado mal la pregunta.


En lugar de preguntarnos si podemos eliminar el Estado, deberíamos preguntarnos por qué apareció y por qué, bajo formas extraordinariamente diferentes, ha persistido durante tanto tiempo.


2. El Estado no cayó del cielo


Una primera precaución resulta indispensable. Que el Estado haya persistido no demuestra que sea bueno. Tampoco demuestra que sea inevitable.


Durante la mayor parte de la existencia de nuestra especie los seres humanos vivieron sin Estados. La arqueología, la antropología y la historia comparada muestran una diversidad considerable de formas de organización política. Bandas, aldeas, linajes, tribus, confederaciones y sociedades segmentarias han organizado poblaciones sin desarrollar necesariamente una institución equivalente al Estado moderno.


Pierre Clastres llevó esta constatación particularmente lejos. Las sociedades que estudió no eran simplemente sociedades que todavía no habían conseguido construir un Estado. Algunas disponían de mecanismos sociales destinados precisamente a impedir que el poder político se separase del cuerpo social y se transformara en autoridad coercitiva.


Esta observación resulta importante porque destruye una explicación demasiado cómoda: la humanidad no avanzó inevitablemente desde pequeñas comunidades sin autoridad hacia el Estado moderno siguiendo una única escalera evolutiva.


El Estado tiene historia. Y si tiene historia, debemos explicar su aparición. Pero aquí comienza el verdadero problema.


Porque, una vez surgidas determinadas formas estatales, encontramos una extraordinaria tendencia a su expansión, reproducción y supervivencia. Estados nacen, desaparecen, se dividen, son conquistados y sustituidos. Lo sorprendente no es la permanencia de cada Estado concreto. Lo sorprendente es la persistencia de la forma estatal.


¿Por qué?


3. Una respuesta incómoda: conquista, coerción y extracción


Una tradición importante ha respondido de manera inequívoca: el Estado nació de la violencia.


Franz Oppenheimer formuló una versión particularmente clara. Distinguió entre el «medio económico», basado en la producción y el intercambio, y el «medio político», basado en la apropiación coercitiva de lo producido por otros. Desde esta perspectiva, el Estado tendría su origen fundamental en la conquista y explotación de unas poblaciones por otras.


La explicación resulta particularmente atractiva para el pensamiento libertario porque elimina cualquier halo moral del nacimiento del Estado.


Y contiene una intuición difícil de ignorar.


Los Estados históricos han extraído recursos. Han recaudado tributos, impuestos hombres para los ejércitos, expropiado bienes, conquistado territorios y utilizado sistemáticamente la violencia.


Charles Tilly condensó una parte de este proceso mostrando la estrecha relación entre guerra, extracción fiscal y construcción estatal. Para combatir eficazmente, los gobernantes necesitaban soldados y recursos. Para obtenerlos necesitaban administraciones. Para sostener esas administraciones necesitaban ingresos relativamente regulares. Guerra, fiscalidad y burocracia se reforzaron mutuamente.


Desde esta perspectiva, el Estado no apareció porque una población se reuniera tranquilamente para decidir cuál era la organización más eficiente para proporcionar bienes públicos.


Apareció también —y muchas veces fundamentalmente— mediante coerción.


Pero la explicación mediante la coerción plantea otro problema. La violencia puede explicar una conquista.


No explica por sí sola miles de años de reproducción institucional.


4. Del conquistador al funcionario


Supongamos que aceptamos la hipótesis más desfavorable para el Estado: un grupo armado conquista una población y comienza a extraerle recursos.


Ahora debemos explicar qué sucede después.


El conquistador quiere cobrar regularmente. Para hacerlo necesita saber quién debe pagar, cuánto posee, dónde vive y qué produce. Necesita registros. Necesita funcionarios. Necesita vías de comunicación. Necesita establecer unidades de medida. Necesita impedir que otros grupos armados roben a quienes él pretende gravar. Necesita resolver disputas que puedan reducir la producción. Necesita mantener cierto orden.


Paradójicamente, el propio interés del extractor comienza a producir organización.


No debemos idealizar este proceso. El camino que conduce desde la coerción hasta la administración no convierte retrospectivamente al conquistador en benefactor.


Pero aparece una transformación decisiva. Una estructura creada para extraer recursos puede comenzar también a proporcionar servicios.


Protección, justicia, carreteras, pesos y medidas, moneda, registros, seguridad de determinados derechos de propiedad, defensa exterior.


El aparato de dominación comienza a adquirir funciones de coordinación.


Y la población, que inicialmente podía obedecer exclusivamente por miedo, puede comenzar a tener también intereses concretos en la continuidad de algunas de esas instituciones.


Aquí aparece la primera paradoja fundamental del Estado: puede ser simultáneamente instrumento de extracción y productor de bienes colectivos.


5. Weber: cuando el poder pretende convertirse en autoridad


La distinción entre poder y autoridad que hemos utilizado desde el comienzo de esta investigación adquiere aquí toda su importancia.


La mera capacidad de obligar a alguien no constituye todavía autoridad. Un bandido armado posee poder.


Pero un funcionario que exige el cumplimiento de una norma no pretende actuar simplemente porque dispone de mayor fuerza. Actúa en nombre de un orden que reclama legitimidad.


Éste es el territorio clásico de Max Weber.


El Estado moderno no puede comprenderse exclusivamente como concentración de violencia. Lo caracteriza también la pretensión de monopolizar legítimamente determinados medios de coerción dentro de un territorio.


La palabra decisiva es legítimamente.


El proceso histórico del Estado puede interpretarse entonces como algo más complejo que la acumulación de fuerza. Consiste también en transformar relaciones de poder en relaciones de autoridad.


No siempre lo consigue. Un Estado puede perder legitimidad y conservar durante algún tiempo capacidad coercitiva. También puede existir autoridad social fuera del Estado.


Pero la extraordinaria capacidad histórica de la organización estatal procede precisamente de haber conseguido reunir, en grados variables, poder, autoridad, territorio, administración y continuidad institucional.


6. Elias: monopolizar la violencia y los recursos


Norbert Elias permite observar otro aspecto del mismo proceso.


La formación del Estado europeo estuvo relacionada con una dinámica secular de concentración. Múltiples señores competían por territorio, recursos y capacidad militar. La competencia fue eliminando actores y ampliando unidades políticas hasta producir monopolios cada vez mayores de fiscalidad y violencia.


El proceso no fue diseñado. Nadie elaboró previamente el plano del Estado moderno. Esto resulta fundamental para nuestra investigación.


Una institución puede ser el resultado de una evolución social sin haber sido conscientemente proyectada por nadie. Su existencia no necesita ser consecuencia de un contrato originario ni de una decisión colectiva.


El Estado puede haber surgido mediante procesos de competencia, guerra, acumulación y monopolización y, sin embargo, terminar desempeñando funciones que hacen extremadamente costosa su desaparición.


El origen de una institución no determina necesariamente todas sus funciones posteriores.


7. La aportación de Michael Mann: el poder de las infraestructuras


Aquí necesitamos introducir una distinción particularmente útil. El poder estatal no consiste únicamente en ordenar y castigar.


Existe también una capacidad mucho menos espectacular: hacer que decisiones tomadas en un lugar puedan aplicarse a lo largo de un territorio.


Registrar nacimientos. Construir carreteras. Recaudar impuestos. Distribuir correo. Mantener estadísticas. Organizar vacunaciones. Establecer estándares técnicos. Crear redes ferroviarias. Garantizar documentos. Coordinar emergencias.


Michael Mann ha denominado «poder infraestructural» a esta capacidad de penetración organizativa del territorio.


La distinción resulta crucial porque permite comprender por qué reducir el Estado exclusivamente a coerción deja fuera una parte sustancial del fenómeno.


Un Estado puede tener enorme poder despótico y escasa capacidad infraestructural. Puede ordenar mucho y conseguir poco.


Otro puede imponer límites importantes a sus gobernantes y, sin embargo, poseer una enorme capacidad administrativa.


Por tanto, cuando preguntamos si una sociedad puede prescindir del Estado, debemos preguntar de qué estamos hablando.


¿De su capacidad coercitiva? ¿De su burocracia? ¿De su capacidad de coordinación? ¿De sus servicios? ¿De su producción normativa?


¿De todas esas cosas simultáneamente?


8. North: instituciones y reducción de incertidumbre


Douglass North introduce otra pieza.


Las sociedades necesitan reducir incertidumbre.


Los intercambios entre individuos que se conocen personalmente pueden apoyarse en reputación, parentesco, reciprocidad y repetición. Pero cuando millones de desconocidos interactúan, esos mecanismos encuentran límites.


Necesitamos saber qué significa poseer algo, qué ocurre cuando un contrato se incumple, quién responde de una deuda, qué moneda aceptará mañana otro desconocido o qué procedimiento resolverá una disputa.


Las instituciones estabilizan expectativas.


Esto no implica necesariamente que todas deban ser estatales. Costumbres, mercados, asociaciones profesionales y normas sociales también cumplen esta función.


Pero el Estado adquirió una capacidad singular: hacer determinadas reglas generales y respaldarlas mediante una garantía de última instancia.


Y aquí reaparece uno de los problemas que encontramos al estudiar el anarcocapitalismo.


Podemos imaginar múltiples agencias privadas de arbitraje. Pero ¿qué ocurre cuando dos agencias no reconocen mutuamente sus decisiones?


Podemos imaginar monedas privadas. Pero ¿cómo resolvemos determinadas obligaciones fiscales, contractuales o judiciales?


Podemos imaginar compañías privadas de seguridad. Pero ¿qué sucede cuando el conflicto es entre las propias compañías?


En algún momento aparece el problema de la última instancia.


9. La función que reaparece


Llegamos así al resultado central de nuestro test.


Cada función estatal puede imaginarse separadamente fuera del Estado.


Ésta es una objeción anarquista poderosa y debemos concederle todo su valor.


No existe ninguna razón metafísica por la cual una carretera deba construirla un ministerio. Tampoco por la que un hospital, una escuela, un sistema de seguros o incluso determinados procedimientos arbitrales tengan necesariamente que ser estatales.


El error consistiría en pasar de esta constatación a otra mucho más fuerte:


si cada función puede realizarse separadamente sin Estado, entonces todas pueden coordinarse simultáneamente sin una instancia estatal.


No es lo mismo.


El problema decisivo parece encontrarse precisamente en la integración de funciones.


Una sociedad compleja necesita coordinar seguridad, normas, resolución de conflictos, infraestructuras, fiscalidad o financiación colectiva, defensa exterior y respuesta a emergencias.


No basta con que existan proveedores. Deben existir procedimientos para resolver los conflictos entre proveedores, territorios, individuos y sistemas normativos. Y esos procedimientos deben poder producir, llegado algún punto, una decisión final.


Aquí comienza a reaparecer aquello que pretendíamos eliminar.


10. El Estado como organización de última instancia


Podemos formular ahora una hipótesis más precisa. Quizá la característica fundamental del Estado no sea realizar determinadas actividades.


Es posible privatizar muchas de ellas. Su característica diferencial sería otra: el Estado constituye la organización que reclama capacidad de última instancia sobre un territorio.


Puede permitir escuelas privadas, pero determina qué constituye jurídicamente una escuela.


Puede permitir seguridad privada, pero establece los límites dentro de los cuales puede actuar.


Puede permitir arbitraje privado, pero determina cuándo un laudo es ejecutable.


Puede permitir monedas y medios privados de pago, pero establece determinadas obligaciones jurídicas.


Puede reconocer asociaciones autónomas, pero fija las condiciones generales dentro de las cuales pueden existir.


Ésta es precisamente la característica que el anarquismo pretende eliminar.


Y es precisamente la que nuestro test encuentra mayores dificultades para sustituir.


11. Cuando eliminamos el Estado, no eliminamos el poder


Llegamos ahora a un resultado todavía más importante. Eliminar el Estado no significa eliminar el poder.


Una comuna puede ejercer poder. Un sindicato puede ejercer poder.


Una comunidad puede expulsar a uno de sus miembros. Una empresa puede controlar recursos esenciales.


Una compañía de seguridad puede poseer armas. Una agencia arbitral puede favorecer sistemáticamente determinados intereses.


Una federación puede imponer condiciones a las comunidades que la integran.


Por tanto, la alternativa real nunca ha sido: Estado o poder.


El poder existe en cualquier sociedad. La pregunta es: ¿cómo se distribuye, quién lo controla y mediante qué procedimientos puede ser contestado?


Esta constatación obliga a revisar una de las intuiciones fundamentales del anarquismo.


Suprimir una organización denominada Estado puede simplemente redistribuir su poder entre otras organizaciones.


Y entonces debemos preguntar por esas organizaciones exactamente lo mismo que preguntábamos por el Estado:


¿quién las controla?


12. La paradoja de la autoridad sustituta


Imaginemos una sociedad sin Estado. Existen diversas agencias de seguridad.


Dos de ellas entran en conflicto. Necesitamos un árbitro.


Pero una de las agencias rechaza su decisión. ¿Qué sucede entonces?


Si el árbitro no puede imponerla, no existe decisión definitiva. Si puede imponerla, necesitamos saber de dónde procede esa capacidad.


Y si existe una institución capaz de establecer reglas comunes, resolver conflictos entre organizaciones poderosas y hacer cumplir sus decisiones incluso contra la voluntad de una de ellas, hemos creado algo extraordinariamente parecido a una autoridad política.


Podemos llamarlo federación. Consejo. Confederación. Agencia arbitral superior. Comunidad de comunidades.


El nombre es secundario. La función ha reaparecido.


Éste quizá sea el resultado más importante de nuestro test de resistencia: algunos problemas colectivos parecen regenerar estructuras de autoridad cuando intentamos resolverlos.


13. Pero cuidado: funcional no significa legítimo


Aquí debemos detenernos. Sería muy fácil convertir todo lo anterior en una apología del Estado.


Y sería un error. Demostrar que una institución cumple una función no demuestra que deba cumplirla.


Demostrar que una autoridad resuelve un problema tampoco demuestra que los costes de esa autoridad sean aceptables.


Una dictadura puede coordinar eficazmente determinadas actividades. Eso no convierte la dictadura en deseable.


Debemos distinguir cuidadosamente tres preguntas:


¿Qué funciones son necesarias? ¿Qué instituciones pueden desempeñarlas? ¿Qué grado de autoridad necesita realmente cada institución para hacerlo?


Confundirlas conduciría directamente a justificar cualquier expansión estatal alegando que responde a alguna necesidad colectiva.


14. La crítica austríaca: el Estado tampoco sabe


Aquí la tradición liberal y la Escuela Austríaca recuperan toda su importancia.


Mises y Hayek señalaron un problema que ninguna defensa funcional del Estado puede ignorar: la información social está dispersa.


Una autoridad central no dispone automáticamente del conocimiento necesario para decidir cómo deben utilizarse millones de recursos.


El mercado posee una capacidad de coordinación que no depende de una inteligencia central. Los precios transmiten información fragmentaria y permiten ajustes descentralizados.


Hayek llevó esta crítica más allá: el problema no consiste simplemente en que los funcionarios puedan equivocarse. Consiste en que parte del conocimiento relevante nunca puede concentrarse completamente en una oficina central porque existe disperso entre millones de individuos.


Por tanto, nuestra investigación produce ahora dos resultados aparentemente contradictorios:


algunos problemas parecen requerir autoridad central;


otros se resuelven precisamente mejor cuando ninguna autoridad central intenta resolverlos.


La contradicción es sólo aparente.


Lo que estamos buscando ya no es una respuesta binaria —Estado sí o Estado no— sino los límites funcionales de la autoridad.


15. Scott: cuando el Estado simplifica demasiado


James C. Scott proporciona aquí un correctivo fundamental.


Para gobernar poblaciones complejas, los Estados necesitan hacerlas legibles. Mapas, censos, catastros, apellidos, categorías administrativas, medidas estandarizadas.


Estas herramientas permiten administrar. Pero también simplifican.


La realidad social contiene conocimientos locales, prácticas informales y adaptaciones históricas que pueden desaparecer cuando una autoridad intenta reorganizar la sociedad según un esquema abstracto.


El mismo poder infraestructural que permite al Estado coordinar millones de personas puede permitirle cometer errores a una escala imposible para organizaciones menores.


Aparece entonces otra paradoja:


la capacidad que convierte al Estado en una extraordinaria máquina de coordinación también puede convertirlo en una extraordinaria máquina de equivocarse.


Y, cuando posee suficiente poder coercitivo, puede imponer su error.


16. El Estado como solución y como problema


Podemos reunir ahora las piezas.


El Estado parece haber conseguido resolver —mejor dicho, administrar de manera relativamente estable— varios problemas fundamentales de las sociedades complejas:


la seguridad interior; la defensa exterior; la resolución última de conflictos; la producción de reglas generales; la financiación de bienes colectivos; la construcción y mantenimiento de determinadas infraestructuras; la estabilización de expectativas; la coordinación frente a crisis; y la continuidad institucional entre generaciones.


Pero para realizar esas funciones ha acumulado recursos extraordinarios: coerción; fiscalidad; burocracia; información; capacidad normativa; y legitimidad.


Es decir: la solución crea su propio problema.


Una organización suficientemente poderosa para protegernos frente a otras organizaciones es también suficientemente poderosa para dominarnos.


Una organización capaz de recaudar recursos para bienes colectivos puede extraer recursos para otros fines.


Una organización capaz de coordinar una emergencia puede utilizar esa capacidad para restringir libertades.


Una organización capaz de producir normas generales puede producir normas innecesarias.


Por eso el problema político no termina cuando justificamos funcionalmente alguna forma de Estado.


En cierto sentido, comienza allí.


17. Lo que el anarquismo tenía razón en preguntar


Llegados a este punto podríamos concluir que nuestro test ha refutado simplemente al anarquismo.


Sería una conclusión demasiado pobre.


El anarquismo nos obligó a formular una pregunta que las sociedades estatales tienden fácilmente a olvidar:


¿por qué debe existir esta autoridad? No «¿por qué existe?».


No «¿desde cuándo existe?». No «¿qué ley la autoriza?».


Sino:


¿qué problema resuelve que no pueda resolverse mediante una institución menos coercitiva?


Ésta es una pregunta extraordinariamente poderosa. Porque invierte la presunción.


La existencia histórica de una institución no basta para justificar su permanencia.


Si una función puede realizarse mediante cooperación voluntaria, mercado, asociaciones, municipios, cooperativas o instituciones descentralizadas con resultados equivalentes o mejores, la autoridad central debe justificar por qué necesita conservarla.


Pero el mismo principio funciona en dirección contraria.


Si determinadas funciones no pueden garantizarse establemente mediante mecanismos voluntarios, quienes proponen eliminar la autoridad deben explicar cómo resolverán el problema resultante.


Ésta es la simetría que hemos intentado mantener durante toda nuestra investigación.


18. El Estado mínimo no se deduce de nuestro análisis


Existe aquí una tentación adicional. Si algunas funciones requieren Estado y otras pueden realizarse descentralizadamente, parecería lógico concluir que cuanto menor sea el Estado, mejor.


Tampoco se deduce necesariamente. «Menor» y «mejor» no son equivalentes.


Un Estado incapaz de garantizar tribunales independientes, seguridad jurídica o defensa puede ser pequeño y funcionar pésimamente.


Otro puede consumir más recursos y proporcionar bienes colectivos que una determinada sociedad considera indispensables.


El problema no es encontrar el tamaño metafísicamente correcto del Estado.


Debemos analizar función por función. ¿Qué requiere coordinación central? ¿Qué admite descentralización?


¿Qué puede dejarse a acuerdos voluntarios? ¿Qué necesita financiación obligatoria? ¿Qué necesita una decisión de última instancia?


¿Qué puede ser competitivo? ¿Qué monopolios son funcionalmente inevitables y cuáles son simplemente herencias históricas?


Éstas son preguntas empíricas.


Y sus respuestas pueden cambiar con la tecnología y con la estructura de las sociedades.


19. ¿Resultado necesario de la evolución social?


Podemos regresar ahora a la pregunta que apareció al terminar nuestro test de resistencia.


¿Es el Estado un accidente histórico o un resultado necesario de la evolución social? La palabra «necesario» exige cautela.


La antropología demuestra que han existido sociedades sin Estado.


La historia demuestra también que los Estados pueden desaparecer.


Por tanto, sería incorrecto afirmar que toda sociedad humana necesita necesariamente un Estado. 

Pero podemos formular una proposición más limitada: a medida que aumenta la escala, la densidad, la especialización y la interdependencia de una sociedad, aumentan también los problemas de coordinación, acción colectiva y resolución de conflictos que favorecen la aparición de instituciones capaces de producir decisiones vinculantes de última instancia.


Hasta ahora, la forma histórica que ha reunido esas capacidades con mayor éxito ha sido el Estado. Esto no demuestra que será siempre así.


Pero traslada la carga de la prueba.


Una sociedad compleja que pretenda prescindir del Estado no puede limitarse a explicar cómo lo abolirá. Debe explicar cómo resolverá las funciones cuya concentración histórica contribuyó precisamente a producirlo.


20. Compromiso y distanciamiento


Conviene hacer explícito aquí nuestro propio recorrido.


Norbert Elias distinguió entre compromiso y distanciamiento como polos inevitables del conocimiento social.


Nosotros tampoco comenzamos esta investigación desde ninguna parte.


Elegimos estudiar el anarquismo porque consideramos importante el problema de la autoridad. Hemos encontrado argumentos convincentes, otros débiles y algunos que nos resultaban inicialmente antipáticos o extraños.


Pero intentamos mantener una regla: nuestra posición inicial podía determinar las preguntas; no debía determinar las respuestas.


Cuando comenzamos este libro no habíamos decidido demostrar que el Estado fuese necesario.


De hecho, dedicamos una parte considerable de nuestra investigación a reconstruir seriamente las alternativas propuestas por quienes sostienen precisamente lo contrario.


El test de resistencia produjo un resultado que no habíamos establecido de antemano. Y eso nos obliga a tomarlo en serio. Pero también nos obliga a mantener abierta la conclusión.


No hemos demostrado que cualquier Estado sea necesario. No hemos demostrado que todas sus funciones actuales lo sean. No hemos demostrado que el Estado sea la única organización imaginable capaz de realizarlas.


Hemos encontrado algo más limitado, pero quizá más importante: determinados problemas colectivos parecen reproducir instituciones de autoridad cuando intentamos resolverlos.


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21. Una conclusión posible: la ventaja evolutiva del Estado


Podemos finalmente formular nuestra hipótesis.


El Estado no parece haber triunfado históricamente porque alguien demostrara filosóficamente que era la mejor forma de organización.


Tampoco porque los seres humanos firmaran algún contrato originario.


Y probablemente tampoco porque una única clase dominante consiguiera imponer durante milenios una estructura completamente inútil para todos los demás.


Su persistencia parece explicarse mejor mediante una combinación mucho más incómoda.


El Estado domina y coordina. Extrae y proporciona. Coacciona y protege. Simplifica la realidad y permite administrar su complejidad.


Concentra poder y, bajo determinadas instituciones, puede utilizar ese mismo poder para limitar otros poderes.


Su extraordinaria persistencia histórica podría proceder precisamente de esa combinación.


No necesariamente realiza mejor cada función por separado.


Su ventaja parece residir en otra parte:


es la organización históricamente más eficaz que conocemos para reunir determinadas funciones colectivas, coordinarlas, financiarlas y garantizar su continuidad dentro de poblaciones numerosas y complejas.


Ésta no es una justificación moral del Estado. Es una hipótesis sociológica sobre su éxito histórico.


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22. La última inversión


Pero nuestra investigación sobre el anarquismo nos impide terminar aquí.


Porque, si hemos exigido a los anarquistas demostrar que una sociedad puede funcionar sin autoridad, debemos exigir al Estado exactamente la prueba contraria.


Cada ejercicio de autoridad debe responder a una pregunta: ¿por qué eres necesario? Y cada respuesta debe poder ser examinada.


Tal vez éste sea el legado más duradero del pensamiento anarquista incluso si finalmente rechazáramos su propuesta máxima.


El descubrimiento fundamental del anarquismo quizá no sea que podamos vivir sin autoridad.


Puede ser algo diferente: que ninguna autoridad debe quedar dispensada de justificar funcionalmente su existencia.


Si una función puede realizarse establemente sin coerción institucional, debemos preguntar por qué continúa sometida a ella.


Si no puede realizarse sin autoridad, debemos preguntar qué autoridad mínima resulta necesaria para garantizarla y mediante qué mecanismos podemos impedir que exceda esa función.


El anarquismo deja entonces de ser solamente un proyecto alternativo de sociedad. Se convierte en una contraprueba permanente del Estado.


Y el Estado deja de ser una realidad que debamos aceptar o rechazar en bloque. Se convierte también él en objeto de nuestro test de resistencia.


Quizá sea éste el punto al que nos ha conducido toda nuestra investigación.


Comenzamos preguntando: ¿es posible una sociedad sin autoridad?


La investigación nos obligó después a preguntar: ¿por qué reaparece la autoridad cuando intentamos eliminarla?


Y ahora podemos formular una tercera pregunta, probablemente más importante que las dos anteriores:


si alguna forma de autoridad resulta necesaria, ¿qué autoridad necesitamos realmente, para qué funciones, y cómo impedimos que la autoridad necesaria se transforme en dominación innecesaria?


A partir de aquí el problema ya no pertenece exclusivamente al anarquismo. Pertenece a cualquier sociedad política.

Y, por tanto, también a la nuestra.


23. El Estado como problema


Llegados a este punto, existe una tentación que debemos evitar. Hemos sometido las propuestas anarquistas a una serie de preguntas muy sencillas en su formulación, pero difíciles de resolver en la práctica: cómo garantizar la seguridad, resolver conflictos, organizar la justicia, proporcionar bienes colectivos, coordinar sociedades complejas o impedir que individuos y grupos poderosos impongan su voluntad a los demás.


La respuesta que ha ido apareciendo a lo largo de nuestro análisis resulta incómoda para una investigación sobre el anarquismo: muchas de esas funciones son precisamente las que, históricamente, ha terminado desempeñando el Estado.


Podríamos continuar ahora invirtiendo la investigación y preguntándonos por qué el Estado ha llegado a ocupar esa posición, cuáles son sus costes, qué formas históricas ha adoptado y si existen alternativas institucionales capaces de sustituirlo. Pero eso significaría comenzar otra investigación. El Estado dejaría de ser la variable contra la cual contrastamos las propuestas anarquistas y pasaría a convertirse en nuestro verdadero objeto de estudio.


No es éste nuestro propósito. Debemos, por tanto, detenernos allí donde terminan las preguntas que dieron origen a este libro.


24. Una comparación que no podemos realizar


Existe además una limitación metodológica que conviene reconocer expresamente.


Podríamos imaginar una sociedad anarquista perfectamente funcional. Tanto los anarcosocialistas como los anarcocapitalistas disponen de respuestas teóricas para explicar cómo podrían organizarse la cooperación, la justicia, la defensa, los intercambios o la ayuda mutua sin necesidad de una autoridad estatal.


En ese terreno puramente teórico sería muy difícil decidir la cuestión. Siempre es posible perfeccionar un modelo cuando aparece una objeción. Allí donde encontramos un problema podemos añadir una federación, una asociación voluntaria, una mutualidad, una agencia de arbitraje, una compañía de protección o cualquier otra institución compatible con los principios del modelo.


El estatista puede hacer exactamente lo mismo. Frente a la corrupción propondrá controles; frente al abuso de poder, división de poderes; frente a la ineficiencia, reformas administrativas; frente a la desigualdad, políticas redistributivas; frente al exceso burocrático, descentralización o reducción de organismos.


Mientras permanezcamos exclusivamente en el terreno de los modelos, todos pueden construir una sociedad capaz de responder satisfactoriamente a nuestras preguntas.


El problema comienza cuando abandonamos el modelo y buscamos sociedades reales.


Aquí la comparación se vuelve radicalmente asimétrica. Disponemos de una enorme variedad histórica de Estados: pequeños y grandes, pobres y ricos, democráticos y autoritarios, centralizados y federales, liberales, socialdemócratas, socialistas y de muchas otras clases. Han fracasado innumerables veces, han producido guerras, opresión y catástrofes, y algunos han desaparecido. Pero la forma estatal ha sobrevivido.


No poseemos una experiencia histórica comparable de sociedades anarquistas complejas, extensas y duraderas.


Las experiencias que hemos estudiado a lo largo de estas páginas son importantes precisamente porque permiten observar qué sucede cuando determinadas ideas anarquistas intentan abandonar el terreno de la teoría. Pero han sido demasiado breves, parciales o dependientes de circunstancias excepcionales para constituir el equivalente histórico de siglos de sociedades organizadas estatalmente.


Esto impide realizar una comparación que, en apariencia, sería muy atractiva: calcular los costes sociales de una sociedad estatal y compararlos con los de una sociedad anarquista.


Podemos conocer los costes del Estado porque los Estados existen. Podemos imaginar los costes y ventajas de una sociedad anarquista, pero carecemos de una serie histórica suficientemente prolongada y comparable para medirlos.


Comparar el Estado realmente existente con una sociedad anarquista ideal sería metodológicamente injustificable. Al primero le atribuiríamos todos sus defectos observados; a la segunda le concederíamos el funcionamiento correcto de instituciones que sólo conocemos principalmente como propuestas.


25. Una organización que aprende a hacer cosas nuevas


Hay, sin embargo, una observación que nuestra investigación sí permite realizar y que quizá explique parte de la extraordinaria persistencia histórica del Estado.


El Estado no parece poseer una lista cerrada de funciones.


Durante buena parte de la historia, las organizaciones estatales se ocuparon principalmente de la guerra, la recaudación, el mantenimiento del orden y la administración de justicia. El Estado contemporáneo puede ocuparse además de educación, sanidad, pensiones, desempleo, infraestructuras, investigación, protección ambiental, regulación económica, atención a los ancianos y una lista creciente de actividades que sociedades anteriores difícilmente habrían considerado responsabilidades públicas.


No debemos interpretar esta expansión como una ley histórica inevitable. Los Estados pueden privatizar empresas, descentralizar competencias, reducir determinados servicios y abandonar algunas actividades. Tampoco todos los Estados desempeñan las mismas funciones ni lo hacen con idéntica intensidad.


Pero la tendencia histórica revela una característica importante: el Estado ha mostrado una extraordinaria plasticidad para incorporar nuevas demandas sociales y transformarlas en funciones propias.


Esto modifica ligeramente la pregunta con la que comenzamos nuestro análisis. Ya no se trata solamente de averiguar por qué apareció el Estado. Debemos constatar que, una vez establecido, ha demostrado una extraordinaria capacidad para adaptarse a sociedades cada vez más complejas.


Y aquí el anarquismo encuentra probablemente su dificultad más profunda.


26. La paradoja anarquista


El anarquismo realizó una crítica extraordinariamente penetrante de la autoridad.


Proudhon, Bakunin, Kropotkin, Malatesta y, desde presupuestos completamente diferentes, los autores que posteriormente hemos situado dentro de la familia anarcocapitalista, obligan a formular una pregunta que el Estado preferiría no tener que contestar continuamente: ¿por qué debemos obedecer? No es una pregunta menor.


Que una institución sea antigua no demuestra que sea legítima. Que una mayoría decida algo no demuestra que la minoría deba considerarlo justo. Que una ley haya sido promulgada correctamente no convierte automáticamente su contenido en moralmente aceptable. Y que el Estado proporcione servicios necesarios tampoco demuestra que cada una de sus intervenciones sea necesaria.


En este sentido, el anarquismo conserva intacta buena parte de su potencia crítica.


Nos recuerda que toda autoridad debe justificarse; que el poder tiende a proteger su propia reproducción; que las organizaciones desarrollan intereses diferentes de aquellos para los que fueron creadas; que la centralización tiene costes; que la obediencia no constituye por sí misma una virtud; y que muchas actividades humanas pueden organizarse mediante cooperación, asociación y acuerdos voluntarios sin necesidad de una dirección política permanente.


Nada de lo descubierto en esta investigación invalida esas críticas. Pero existe una diferencia fundamental entre criticar una institución y demostrar que podemos prescindir de ella.


Nuestro recorrido histórico y nuestro test de resistencia sugieren que el anarquismo ha sido mucho más convincente en la primera tarea que en la segunda.


27. Las dos familias llegan al mismo obstáculo


Ésta ha sido quizá una de las sorpresas de nuestra investigación.


Partimos de doctrinas que parecían situadas en extremos opuestos. El anarcosocialismo cuestiona la propiedad capitalista, las grandes desigualdades económicas y las relaciones de dominación que nacen de ellas. El anarcocapitalismo convierte, por el contrario, la propiedad privada, el contrato y el intercambio voluntario en elementos fundamentales del orden social.


Sus concepciones de la libertad, de la propiedad y de la igualdad son profundamente diferentes.


Sin embargo, cuando sometimos ambas familias a nuestro test de resistencia apareció una convergencia inesperada. Ambas confían en que instituciones voluntarias puedan realizar funciones actualmente desempeñadas por el Estado. Cambian los nombres y cambian profundamente los principios: comunas, federaciones y asociaciones de trabajadores en unos casos; propietarios, contratos, arbitrajes y agencias privadas en otros.


Pero el problema reaparece una y otra vez.


¿Qué ocurre cuando alguien no acepta el arbitraje? ¿Quién decide cuando dos sistemas normativos producen decisiones incompatibles? ¿Cómo se afronta al individuo o grupo suficientemente poderoso para rechazar las reglas? ¿Cómo se proporcionan determinados bienes colectivos cuando resulta ventajoso disfrutarlos sin contribuir a financiarlos? ¿Quién coordina una respuesta cuando el problema supera la escala de las asociaciones voluntarias existentes?


Las respuestas anarquistas no son inexistentes. Las hemos examinado. El problema es que, a medida que intentan responder satisfactoriamente a estas dificultades, necesitan construir instituciones cada vez más estables, generales y capaces de hacer cumplir decisiones.


Y entonces reaparece nuestra pregunta inicial: ¿en qué momento esas instituciones comienzan a reconstruir funcionalmente aquello que pretendían sustituir?


28. Lo que nuestra investigación permite concluir


No hemos demostrado que una sociedad sin Estado sea lógicamente imposible.


Tampoco podríamos hacerlo. Ninguna investigación histórica puede demostrar que una forma de organización social que nunca ha existido de manera estable sea imposible para siempre.


Nuestra conclusión es más limitada.


Las dos grandes familias anarquistas que hemos estudiado constituyen críticas intelectualmente valiosas de determinadas formas de poder y autoridad, pero ninguna ha mostrado hasta ahora una alternativa institucional capaz de sustituir de manera estable, prolongada y a gran escala el conjunto de funciones que desempeña el Estado en las sociedades complejas.


Ésta es una conclusión histórica, no una ley de la naturaleza.


Podrían aparecer en el futuro instituciones que modificasen esta situación. Nuevas tecnologías, nuevas formas de asociación o transformaciones sociales que hoy no podemos prever podrían alterar las condiciones del problema. La historia humana contiene demasiadas novedades inesperadas para declarar imposible una organización social simplemente porque todavía no haya existido.


Pero tampoco podemos conceder a una posibilidad futura el mismo valor probatorio que a una institución históricamente existente. Hoy por hoy, la evidencia disponible obliga a mantener esa diferencia.


El fracaso y el éxito pueden estar en lugares diferentes


Esto permite quizá formular nuestra conclusión de una manera menos convencional.


Si juzgamos el anarquismo exclusivamente como proyecto destinado a construir una sociedad completa sin Estado, nuestro análisis ofrece pocas razones para considerarlo una alternativa actualmente practicable.


Pero quizá ésa no sea la única medida de su importancia histórica. Una doctrina puede fracasar como proyecto integral y, sin embargo, triunfar parcialmente como crítica.


Buena parte de las preguntas anarquistas permanecen abiertas incluso dentro de sociedades que no tienen intención alguna de abolir el Estado: cuánto poder debemos concederle, qué decisiones deben permanecer en manos de los individuos, hasta dónde debe llegar la propiedad, qué desigualdades son tolerables, qué puede decidir una mayoría sobre una minoría, qué funciones pueden descentralizarse y qué autoridad merece realmente obediencia.


El anarquismo no ha conseguido eliminar al Estado. Pero ha contribuido a impedir que podamos considerarlo una institución que no necesita justificación.


Quizá ése sea uno de sus resultados históricos más importantes.


29. Reuniendo ideas


Comenzamos este libro intentando comprender una idea aparentemente sencilla y extraordinariamente radical: construir un mundo sin autoridad.


El recorrido nos llevó desde las primeras formulaciones doctrinales hasta revoluciones, guerras civiles y movimientos obreros; desde Proudhon y Bakunin hasta experiencias rusas y españolas; y finalmente desde el anarcosocialismo hasta esa extraña familia intelectual que pretende alcanzar una sociedad sin Estado partiendo de la propiedad privada y del mercado.


Al final del camino encontramos algo que no habíamos colocado como conclusión al comenzarlo.


El problema fundamental no era imaginar una sociedad sin Estado. Eso se ha hecho muchas veces y de maneras intelectualmente muy sofisticadas.


El problema era hacerla funcionar.


Cuando preguntamos por la seguridad, la justicia, los conflictos irresolubles, los bienes colectivos, los comportamientos oportunistas, las grandes concentraciones de poder y la coordinación de sociedades formadas por millones de desconocidos, las respuestas se hicieron progresivamente más difíciles. Y cuando intentamos hacerlas más sólidas, comenzaron a aparecer instituciones dotadas de algunas de las propiedades que caracterizan precisamente al Estado.


No podemos convertir esta constatación en la afirmación metafísica de que el Estado es necesario. Nuestro material no permite semejante conclusión.


Podemos afirmar algo más modesto y mejor respaldado: hasta el presente, el Estado ha demostrado una capacidad de supervivencia, adaptación y acumulación de funciones que ninguna alternativa anarquista ha conseguido reproducir de manera comparable.


Esto no convierte al Estado en bueno. Tampoco convierte al anarquismo en inútil. Sitúa a cada uno en un terreno diferente.


El Estado continúa siendo, por ahora, la organización política dominante de las sociedades complejas. El anarquismo continúa siendo una de las críticas más radicales a la pretensión de que esa dominación deba aceptarse sin examen.


Quizá aquí podamos cerrar nuestra investigación.


No hemos encontrado el camino hacia un mundo sin autoridad.


Hemos encontrado algo bastante menos espectacular, pero quizá más útil: un conjunto de preguntas que cualquier autoridad debería estar obligada a responder.


Carolus Brigantinus Barbatus

Septiembre 2026


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